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País empobrecido (Página 421) PDF Imprimir E-mail

El Perú no es un país pobre. Es un país rico con un pueblo empobrecido, víctima de la sempiterna corrupción de la llamada clase política, mejor diríamos de una lechigada de políticos insensibles y oportunistas que saquearon a la nación, que continúan haciéndolo y se divierten con la tragedia de millones de seres humanos que viven en la pobreza extrema, víctimas de la ignorancia tirana, carentes de educación y cultura, convertidos en instrumento de su egoísmo. A ellos ensalzan, cual modernos Picístratos aduladores de la plebe, como si pretendieran alimentar el darwinismo social al que se refería Spencer, resultado y producto de la explotación de los más fuertes y adaptados sobre los más débiles y desadaptados. Existe el peligroso agravante de tratarse de un país con una sociedad enferma y con una rara idiosincrasia de conformismo, resignación y hasta de peligrosa aceptación de todas las lacras que la invadieron.

País despoblado, con apenas 27 millones de habitantes, en su extensa área territorial de 1 285 216 Km2 podría dar cabida, holgadamente, a los territorios de Austria, Bélgica, Bulgaria, Dinamarca, Grecia, Holanda, Hungría, Islandia, Portugal, Suiza y Gran Bretaña juntos. Le sobra suelo y recursos naturales y, sin embargo, más del cincuenta por ciento de su población sufre pobreza. De ella, el 25 por ciento se halla en la más dramática inopia y en extrema miseria. Más del 50% carece de servicios de saneamiento, agua y desagüe; y otro tanto adolece de falta de energía eléctrica. Cerca de dos millones de habitantes se hallan en similar condición en Lima, capital de la República. De cada diez niños, cuatro están desnutridos y son candidatos a la tuberculosis. La mortalidad infantil es impresionante y la esperanza de vida se acorta. Sin identidad ni objetivos su población no integrada sufre grave deficiencia educativa, víctima de un elevado analfabetismo absoluto y también funcional, probablemente el más grave y peligroso. Es ínfimo el porcentaje de los que estudiaron la secundaria y son millones los que apenas saben pintar su nombre, o leer y escribir, o que cursaron algún año de la instrucción básica o primaria. Este estado de cosas y el embrutecimiento de un vasto sector de la población significa la más cruel tiranía.

Las estadísticas peruanas son engañosas cuando señalan un porcentaje menor de analfabetos, que de ser exacto no sería tan dramático. En verdad, se trata de un artificio matemático que elimina del cuadro de analfabetos a todos aquellos que han aprendido a pintar sus nombres y a leer apenas algunas frases; en el mejor de los casos, a los que cursaron uno o dos primeros grados de la instrucción inicial. Es este sector el más abultado y constituye lo que se conoce como analfabeto funcional. Se dice que cerca del ochenta por ciento de nuestra población se halla involucrada en esa penosa calidad. Por lo tanto, el porcentaje más o menos alentador respecto del sector alfabetizado no pasa de ser una ficción. En consecuencia, el mayor flagelo que soporta la sociedad peruana es, además del analfabetismo absoluto, el analfabetismo funcional, causa fundamental de todos los dramas, alentada por los beneficiarios de siempre, a los que no les conviene contar con una población educada y despierta y, por tanto, libre. Un pueblo así, integrado por ciudadanos sin hábito de lectura, sin capacidad para comprender la escala de valores y, además, en estado de inopia es fácil presa de los mercaderes expertos en corromper. A los traficantes de la política no les interesa un pueblo educado porque el mejor instrumento de sus apetencias son los seres ignorantes, pues sin éstos, los mediocres y explotadores no tendrían éxito en la vida política.

Desde comienzos de la República se empezó a percibir la aparición de un comportamiento indeseable en los grupos plutocráticos y dominantes de civilistas egoístas y del militarismo expoliador, proclives al boato y a la forja de patrimonios mediante el saqueo de los bienes del Estado. Fuente de enriquecimiento a través de decenas de años han sido los recursos naturales como el salitre, el guano, el caucho, los minerales, el petróleo; pero también el tráfico de armamentos, el presupuesto y el Tesoro Público y hasta los amañados contratos derivados de la deuda externa, en la que sus gestores y agentes acumulaban riquezas provenientes de jugosas comisiones. El tráfico de armas fue y sigue siendo una veta inacabable para las mafias, organizadas en sociedades de mazarrones civiles y militares, que se han mantenido impermeables gracias al amparo de los decretos de urgencia y en el más puro secreto, bajo el argumento aparentemente patriótico de tratarse de "secretos de Estado". Pero no es todo porque en tan detestables operaciones -que practican los que se amparan en los cargos y las insignias de la patria- hay otros renglones que completan o cierran el círculo de sus lucrativos enriquecimientos. Estos renglones son el contrabando, la defraudación de rentas de aduana, el narcotráfico, la utilización de los medios de transporte del Estado como barcos de la marina, aviones de la fuerza aérea y hasta los propios aviones presidenciales. Y en medio de todo ese carnaval, no trepidan los usufructuarios de los cargos políticos para armar sociedades siniestras de toda laya orientadas a ganar dinero fácil, mejor dicho, a robarle al Tesoro Público. Arman consorcios para salvatajes de bancos y entidades financieras en falencia por culpa de sus propios accionistas desaprensivos, o para el otorgamiento de concesiones, privatizaciones, ventas de activos y empresas públicas, así como la realización de dolosas operaciones con los bonos y papeles de la deuda externa, etc. Ésa ha sido y continúa siendo la manera como disfrutan los eternos y modernos artífices y conspicuos manipuladores, convertidos en "financistas" de mal oficio, con el patrimonio de la nación. Son los expertos en el despojo. Paralelamente -como consecuencia de este drama- ha ido creciendo una empobrecida y menesterosa población que se abulta incontenible sin ser partícipe de tanta riqueza que se acumula en muy pocas manos. Jamás el Perú ha dejado de contar con recursos, pero tampoco nos hemos librado de esta gente sin patria cuya única bandera es el dinero. El país ha sido empobrecido, esquilmado, asaltado, saqueado y depredado y lo sigue siendo. Ni siquiera los más acérrimos enemigos del país que otrora lo invadieron y mutilaron su territorio le han causado tanto daño como los propios malos peruanos que habiendo nacido en el Perú no le tienen el menor cariño ni respeto.

En el Perú no se lucha por una mejor calidad de vida sino apenas por la supervivencia, es decir, por el más primitivo y elemental derecho humano. Los pliegos de reclamos se reducen a las más primarias necesidades: ocupación, salario mínimo, salud, agua, energía, veredas, seguridad social, entre otros problemas, ya superados en las sociedades democráticas. Curiosamente, no es la educación el anhelo de dichos pliegos, prueba elocuente de que el bajísimo nivel educativo en la nación es uno de los ingredientes que alimenta a los otros males. A poco de iniciado el siglo XXI, el Perú se halla en los últimos lugares de los pueblos con mayor pobreza acumulada. Dentro de diez años su población se habrá acercado a los treinta y cinco millones de habitantes, entonces será más pobre aún y habrá posiblemente más ricos o mucha más riqueza acumulada en pocas manos. Si no se efectúan cambios radicales y transformadores, ignoramos lo que pueda sobrevenir como consecuencia de una explosión social que deviene dramática e imparable.

Y para aparentar preocupación por satisfacer tales angustias se recurre al presupuesto de la República, con lo que sólo se llenan algunos forados fiscales abiertos por la voracidad de quienes disfrutan de las posiciones de gobierno. Precisamente, una de las formas de corrupción solapada o enmascarada es la de recurrir a los presupuestos fiscales -cada vez más deficitarios y ampliados irracionalmente- para satisfacer apetitos de la alta burocracia insensible y socorrida, escondida en planillas ocultas. Frente al incremento de la población que vive en la pobreza están los elevados sueldos de los burócratas preferidos de los gobiernos de turno. Es la exacción con guantes blancos. Resulta inconcebible la enorme brecha existente entre los sueldos de los maestros, policías y otros servidores de las diversas reparticiones estatales que oscilan entre setecientos y mil soles -unos 200 y 300 dólares al mes- y los sueldos de la burocracia dorada de cinco a treinta mil soles, o sea 10 y 20 veces más.

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Comentarios (1)add comment

Dr. pedro carlos Tucto said:

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hola Dr. HÉCTOR VARGAS HAYA EL PERÚ NO ES UN PAÍS POBRE, ES UN PAÍS MARCADO POR LA INJUSTICIA. ESPERO VISITARLO EN SU PROGRAMA HABLA EL PUEBLO ERES UN GRAN MAESTRO EN LA POLÍTICA, ESPERO CONTAR CON SU ASESORAMIENTO Y PRESENTACIÓN DE MI LIBRO SOBRE EL ANÁLISIS POLÍTICO DE LA REALIDAD NACIONAL Y PROPUESTAS DE DESARROLLA CON MAS 300 PAGINAS.
 
diciembre 18, 2011
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