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¿VIVIMOS EN UN PAÍS ENFERMO? (Página 37) PDF Imprimir E-mail

Hace más de cien años que el patricio Manuel González Prada acuñó la lapidaria y admonitoria frase: "El Perú es un organismo enfermo, donde se pone el dedo brota pus". La generación de ese momento vibró con el impacto de tan elocuente sentencia. Y décadas después de su fallecimiento, en 1918, todos los jóvenes y adultos la han repetido y aún la recordamos, pasados ya los primeros años del siglo XXI. Pero el Perú sigue enfermo, víctima de una endemia. El calificativo de enfermo, entonces, no es nuevo. Es de larga data, así comenzó demostrando tener una gran resistencia y gozar de inmunidad para soportar el mal.

Tan dramática realidad nos obliga a reflexionar si en el país prevalece una suerte de cultura de la corrupción y si estamos arrastrando, desde tiempos lejanos, una proclividad hacia modos de conducta propios de una sociedad enferma. Porque, aparte del mal comportamiento de la especie política criolla, algo grave ocurre en gran parte de la colectividad, caracterizada por sus hábitos, su mentalidad, su renuencia a la ley, su displicencia por los actos buenos o malos y su conformismo por esa expresión suicida "así es el Perú"; es decir, el laissez faire, o sea dejar hacer. Un país o una sociedad pueden estar enfermos del mismo modo que un cuerpo humano, aunque algunos de sus órganos gocen de buena salud.

¿Cómo calificar lo que ya viene siendo casi habitual, no sólo dentro de nuestro reducto territorial sino hasta fuera de las fronteras de la patria, donde algunos desadaptados -que no son pocos- se convierten en una especie de emisarios de la delincuencia? ¿Es esa indiferencia un estado de anomia reflejado en tan alarmantes índicativos sobre una extraña conducta de no diferenciar el bien del mal? Las encuestas públicas son dramáticas: el 95 por ciento acepta que el Perú es un país corrupto. Un 73 por ciento responde que aplaude o, por lo menos, no condena la evasión tributaria. El 75 por ciento considera como cosa natural y aceptable la institución del soborno, y en todos los estratos es casi general la tendencia al desacato a la autoridad. La corrupción es aceptada, al tiempo de culpar a terceros sin reconocer que el germen se halla en la propia sociedad, víctima de la incultura, alimentada por las clases dominantes.

Desde el inicio de la República, las manifestaciones delic-tivas no fueron la excepción y, paulatinamente, han pasado a formar parte de la vida cotidiana de manera ascendente hasta llegar a la degradación moral. Sin que la tendencia sea general parecería, sin embargo, que en el quehacer diario el estilo de vida estaría dominado por diversos métodos ilícitos, utilizados como formas de vida y consideradas naturales. Tristemente se llega a medir el grado de destreza mental por el uso del ingenio para burlar a la ley, "sacarle la vuelta" a las ordenanzas y a los tributos, por el aprovechamiento consciente o inconsciente del comercio ilegal, del contrabando, del encubrimiento a los infractores, falsificadores y adulteradores. Prevalece una mala entendida solidaridad cuando se defiende a los delincuentes a los que se ampara considerándolos víctimas frente a la acción de las fuerzas del orden. Son numerosas las manifestaciones características del comportamiento de una sociedad deteriorada.

El psicoanalista Saúl Peña Kolenkautsky señala que inciden muy seriamente la madre, el padre, la familia, la escuela, la universidad y el trabajo, y reclama que la madre suficientemente buena estará fortaleciendo los cimientos primigenios del hombre desde su niñez. Advierte que en un medio de violencia, el analfabetismo, los ejemplos deformadores y las experiencias traumáticas acumulativas de castigos, maltratos, componentes sádicos, desafectivos, congelados, indiferentes, van a incrementar nuestras potencialidades destructivas. Y se pregunta cuál ha sido la relación de ese niño con la madre, el padre y qué ha percibido en la relación integral afectiva, intelectual, emocional y sexual entre ellos. (Saúl Peña K.: Psicoanálisis de la Corrupción, pp. 59-61).

Se refiere más a la delincuencia común, pero es indispensable establecer la diferencia existente entre la delincuencia callejera, que crea inseguridad ciudadana, y la corrupción en su verdadero significado; es decir, aquella que se desarrolla en los círculos políticos, administrativos, institucionales, etc. No son la pobreza, la ignorancia y la miseria las únicas causales, como sostienen interesadamente algunos. Es falso que sólo azota a las clases ignorantes y pobres o a los sin hogar, pues no debe confundirse corrupción política con raterías. La descomposición moral, la corrupción entendida en su exacta dimensión está más difundida en los estratos sociales más elevados, en las llamadas clases altas, en aquellas que hacen mal uso y usufructo de los poderes económicos y políticos, y que a su vez sirven de mal ejemplo. En suma, se halla en todos los ambientes. Desde luego, los actos más visibles y bulliciosos son los que ocasionan la inseguridad pública derivada de asaltos y latrocinios menores cotidianos en la vía pública, pero ése no es el tema. El problema adquiere otras características y abarca linderos distintos. La más alta corrupción y la más dañina se mantiene casi imperceptible y oculta, camuflada por los mismos medios que facilitan la propia riqueza mal adquirida.

Es indiscutible, como señala el analista, que el mal proviene en gran escala desde la familia, la escuela y la universidad. Pero ¿todos los que enrumban por el camino de las riquezas ilícitas provienen de familias mal formadas, de escuelas inadecuadas o de la universidad que no educa? El mal no está limitado sólo a esas acciones delictivas callejeras, de adolescentes desadaptados, de cuadrillas de asaltantes y de otras formas de la delincuencia común. A veces no se quiere ver a ese ejército de encumbrados que, sin necesidad de asaltar a mano armada, exaccionan y hacen mal uso del poder que ostentan, sea político o económico. Es incuestionable que la conducta de los autores de raterías, de los miserables, ignorantes y sin formación, a los que se remite el socialista, proviene del hogar y la escuela, pero tampoco se puede esperar que reciban capacidad formativa si los padres de familia adolecen del mismo estado de ignorancia y desconocimiento de los valores fundamentales. Mas no es éste el caso de la corrupción en su más elevada acepción, que no es sólo patrimonio de los pobres y de los ignorantes. Si se trata de analfabetos que desconocen los principios éticos, los hay igualmente doctores y graduados, y con galones, empresarios y políticos premunidos de diplomas que ostentan las más detestables conductas y en grado sumo.

El concepto de país enfermo lo concebimos parafraseando el calificativo de "El Hombre Enfermo de Europa" con que fue bautizado el viejo Imperio Turco, a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. En aquella época, ese poderoso imperio, después de la Primera Guerra Mundial, se desenvolvía en la más profunda corrupción y en un estado grave de decadencia moral con las funestas consecuencias de orden social. Ese país, casi en ruinas, experimentaba un alto grado de descomposición, por lo que en Europa se le bautizó con tan elocuente apelativo. Surgió, entonces, la revolución de los jóvenes liderada por Mustafá Kemal en 1912. Victorioso el movimiento, fueron echados los califas y sultanes en una gran cruzada de moralización y restauración de los valores fundamentales. En 1919 tomó Anatolia y dirigió la resistencia contra el absolutismo. El epílogo fue la proclamación de la República Secular, dando paso a una nueva etapa que hoy es la República de Turquía. Elegido primer presidente, Mustafá Kemal realizó una serie de transformaciones revolucionarias. El parlamento lo denominó Atatürk o padre de los turcos. Desde entonces, e iniciada la nueva república turca, las cosas cambiaron, pero sobre la base de una gran revolución que varió totalmente el escenario político luego del advenimiento de una nueva forma de gobierno, realmente democrática.

Se trata de un simple ejemplo de algo que nos puede servir para la reflexión y para trasladarnos a nuestra realidad pensando si en América, un país, el más antiguo y cuna de la cultura política de esta parte del continente, se habría convertido en una especie de sociedad decrépita ya en decadencia. El paralelismo con el sultanismo turco puede no ser exacto y, quizás, para algunos hasta fuera de lugar, pero es parecido. Si bien en el Perú no existieron sultanes ni califas, tuvimos incas, virreyes, civilistas autócratas y un militarismo prepotente, dominante y degradante, junto a terratenientes, líderes clericales y hacendados explotadores, traficantes de esclavos, expoliadores de los recursos naturales y de la hacienda pública, cuyos herederos no han abandonado todavía los métodos que dañaron a la nación.

Con muy rarísimas excepciones, los propósitos morali-zadores no han tenido sino efectos transitorios. Apenas han formado parte teórica de programas y planes de gobierno de los sucesivos grupos políticos o elites que a su turno, una vez en el poder, no sólo terminaron olvidándose sino repitiendo, y con más fuerza, todos los vicios del pasado, como queriendo demostrar que les ha llegado el turno para cobrarse revanchas. Parecería que existiera un pacto infame con la delincuencia y que sería ésta la que ejerciera toda su influencia en la mentalidad psicosocial de los clanes dirigentes y gobernantes. Quienes invocan propósitos moralizadores actúan de manera diferente y más parecen orientados a saciar apetitos publicitarios utilizando métodos inquisidores, unas veces para satisfacer patológicas venganzas políticas y otras para encubrir a los verdaderos contraventores e intercambiarse favores. Entre ellos se cuentan fiscales, procuradores, jueces y parlamentarios. Una negativa proliferación de comisiones investigadoras sirve contrariamente para convalidar ilicitudes, archivar procesos y cubrir el delito con el manto protector del olvido. No se nota otra cosa que la creación de cierto clima de inquietud entre investigadores e investigados con propósitos, generalmente, inconfesables o la intención de llegar a transacciones vitandas de las que, casi siempre, salen victoriosos los delincuentes.

Esta sucesión de hechos demostrativos de una conducta somática, si acaso tiene raíces pretéritas de larga data y de complicada enmienda en el presente. Los que asumen tareas administrativas municipales y de gobierno, con muy contadas excepciones, después de lograr el voto popular, se sienten pequeños zares, aspiran inmediatamente a cambiar su modo de vida y su estatus social, se apresuran a asegurar el porvenir económico personal y de su entorno familiar olvidándose de sus promesas y de sus altísimos deberes. Contaminados del mismo virus pasan después a engrosar las filas de los gobernantes y políticos fracasados como administradores del país o de sus regiones y comarcas; pero, también, como nuevos integrantes de enriquecidos personajes sin moral y calificados para cambiar de categoría social, como único anhelo de su corroído entorno familiar, víctima de complejos raciales, de figuración, de exhibicionismos y de frivolidades propias de la mediocridad que arruina.

Ya se hablaba de un país enfermo de lacras morales incurables, desde el siglo XIX, decía Raúl Porras Barrenechea: "La tendencia radical encarnada en la prédica fustigadora de González Prada y la corriente positivista, habían producido en la generación radical un hondo pesimismo sobre las fuerzas espirituales, y la convicción de que el Perú se halla enfermo de lacras morales incurables, en estado de postración o de crisis". (Porras: Mito, Tradición e Historia del Perú, ed.1951, p. 87).

La enfermedad del "mundo peruano", como titula Pablo Macera, no se reduce sólo al grado de corrupción política sino, dramáticamente, a las manifestaciones somáticas reflejadas en criminalidad, ferocidad, incesto, violaciones sexuales, ajusticia-mientos populares, filicidios, prostitución infantil; es decir, la degeneración como forma de vida. Bajo el título La locura del mundo peruano, consigna una larga lista de expresiones indica-doras de que la sociedad peruana se halla en un grave proceso patológico con proclividad a prácticas incompatibles con la civilización como: violaciones, paidofilia, incesto, maltrato infantil, maltrato a la mujer, maltrato al anciano, alcoholismo, PBC, locura, linchamientos, prostitución infantil, criminalidad de los pirañitas, tráfico de órganos por pishtacos, y define a todas y cada una de esas expresiones primitivas como formas de vida deprimentes de los peruanos. (Pablo Macera: Nueva Crónica del Perú, siglo XX, pp. 456-471).

Adopta caracteres preocupantes el convencimiento de que dé lo mismo ser o no ser y, como sostenía José Ortega y Gasset, que sea igual decir una verdad o una estupidez. Acaso estas manifestaciones degradantes no se limitan sólo a una determinada etapa de la historia, adulterada y mitificada, que ha impedido a las generaciones actuales enterarse de la verdad, de toda esa anarquía política y social que nos destruye. La dimensión de la enfermedad moral está graficada en valiosos testimonios de investigadores ilustres, peruanos y extranjeros, que permanecen ignorados. Por ellos descubrimos todo cuanto se halla oculto y a los que convirtieron al Perú en su hacienda particular, saqueándola y hasta mutilando su territorio y negociando con él. La enfermedad de una sociedad no se mide sólo por el número de actos de corrupción, sino por la falta de voluntad para combatirlos.

Hay un conformismo desalentador al admitir el dolo, la impuntualidad, el ventajismo, la mentira, el enriquecimiento ilícito como un estilo de la vida criolla. Es preocupante y desalentador que, según las encuestas, más del 75 por ciento de las personas interrogadas respondieron haber ofrecido o recibido ofertas de sobornos alguna vez y que las aceptan como algo normal. Desde luego que gran parte de ese comportamiento se debe a la ausencia casi total de formación cívica y de respeto a los valores morales, estado que se arrastra probablemente desde tiempos inmemoriales. Sólo desde la conquista han pasado ya más de 500 años sin que en la sociedad peruana se haya hecho algo trascendentalmente positivo. Al contrario, nos pasamos la vida culpando a los que nada tienen que ver en nuestro desarrollo material y espiritual. ¿Es acaso una carga mental o una sucesión de genes hereditarios de viejos vicios, de ferocidades y atrocidades, de costumbres incestuosas y hasta zoofílicas que se trasmiten hasta nuestros días? Por supuesto que todo ello pudo haberse superado si no se hubiera abandonado la educación transformadora de conciencias y la enseñanza del respeto a la ley y a la autoridad. Contrariamente, se ha perfeccionado a la gente en el amor a la impunidad.

Nos refugiamos en aquella negativa expresión "estamos en el Perú", pretendiendo así explicar la razón de nuestras lacras. Carecemos de patrones de buena conducta y de una identidad moral integradora capaz de eliminar la perniciosa resignación y creencia falsa de que el mundo es así. Siempre nos remitimos al pasado y se sostiene aquello de haber abandonado las buenas costumbres simbolizadas, por ejemplo, en el denominado "Ama sua, ama llulla, ama quella" o "no seas ladrón, no seas mentiroso, no seas perezoso". Se afirma que ese lema habría sido el símbolo del comportamiento de una vieja sociedad quechua, que se quedó en la prehistoria, carente de escritura y del conocimiento de la rueda. Hay quienes lo toman como un lema emblemático de gran mensaje tratando de demostrar que en esa prehistórica convivencia hubo honradez, por el hecho de la existencia de ese apotegma, sin tener en cuenta que todo lema no nace de la nada sino como consecuencia de experiencias vividas y sufridas, de problemas evidentes, de vicios y lacras a los que se busca eliminar.

Se ha creado en la conciencia ciudadana la falacia de que debido a la pobreza del Perú es imposible dar solución a los problemas económicos y sociales de educación, salud, saneamiento, caminos y del subdesarrollo. Pero, no se dice que dicha pobreza ha sido derivada de una sociedad ancestral quebrada moralmente, en la que desde la infancia se enseña malas artes, y los niños crecen practicando adulteraciones, lacras sociales como la mentira, la sisa, la impuntualidad, las tretas criollas, la estafa, el robo, el contrabando, la resistencia a la autoridad, el desacato a la ley y, en suma, toda una cadena de males que van formando parte del mal comportamiento como si fuera natural. Hasta en los escenarios del teatro y la televisión, los humoristas se esmeran al utilizar pasajes cómicos sobre la base del ingenio para delinquir, estafar, engañar y traicionar, haciendo escuela para la futura delincuencia.

La pobreza de los peruanos es la consecuencia del robo. El Perú ha sido empobrecido a lo largo de toda la historia republicana. En capítulos siguientes veremos que lo único que ha progresado es la corrupción, el amparo de leyes y códigos a favor de la delincuencia. Nuevas ventanas de impunidad han sido abiertas: la blandura de las penas consideradas en el código penal, en el que se han eliminado como factores agravantes la reincidencia, la habitualidad en el delito, la peligrosidad de los delincuentes, dejándose librado el grado de penalidad a la mayor o menor cuantía de los robos o estafas. Se adiciona a todo ello la prescripción para los delitos en agravio del Estado, la colusión de jueces venales, la blandura en la aplicación de penas accesorias, como la inhabilitación para el ejercicio de cargos públicos, y los nuevos salvavidas como los beneficios carcelarios consignados en el código de ejecución penitenciaria. Y, cada vez más, son los delincuentes los que gozan de beneficios.

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Comentarios (3)add comment

Blitz said:

0
...
Hola a todos,

Es serio este problema, se ve como cuando uno cambia la situación y construye, los demás no dejan que avances, y se encargan que cuelgues los brazos intentando a no más que pienses y continúes como ellos: Conformistas y envidiosos. Perú, gracias que ahora ya me voy a otro país y volveré sólo como turista, tal vez...

Saludos.
 
agosto 11, 2010
Votos: +0

laura said:

0
...
es muy interesante y sobre todo sirve de mucho apoyo para las estudiantes
 
agosto 24, 2010
Votos: +0

Fonsi said:

0
...
No hay civismo, no hay respeto por uno mismo ni por nadie, solo egoísmo, ignorancia, vicio, codicia, pereza, violencia, frustración, resentimiento... No es sólo el Perú, miremos Bolivia, Ecuador, Venezuela, Colombia, Haiti o los países de África, mucho más brutos, salvajes y corruptos.
Hay muchedumbres que están alejadísimas de la categoría de humanidad, tienen forma humana pero alma de animal.
 
febrero 02, 2012
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