No se requiere ser marxista para citar a Marx, para quien la igualdad consiste en tratar igual a las cosas desiguales y que en cambio, igualitario es tratar con el mismo rasero a las cosas distintas. Entonces, soslayar el principio de tratar desigualmente a las cosas desiguales se llama igualitarismo. En su libro “Crítica a la filosofía hegeliana del derecho”, así como en otros documentos que escribió conjuntamente con Engels, expresó sus principales cuestionamientos al concepto de igualdad y los derechos humanos y decía:
“Del mismo modo que los cristianos, iguales en el Cielo y desiguales en la Tierra, así los miembros individuales del pueblo: iguales en el cielo de su mundo político y desiguales en su terreno en la sociedad” “El hombre no fue liberado de la religión sino que adquirió libertad de religión. No quedó liberado de la propiedad, consiguió la libertad de la propiedad. No quedó liberado del egoísmo de la industria sino que consiguió la libertad de la industria”.
Esto supone que mientras no se le otorgue a la libertad su verdadero significado, se continuará creyendo en la libertad egoísta del enriquecimiento personal y desmesurado a costa del empobrecimiento de millones de seres hambrientos desamparados.
Recordando a José Martí diríamos que en una sociedad de corte feudal, burguesa o simplemente liberal, la libertad es como un juego de azar, donde, el poderoso y el oportunista son los que cuentan con la mayor opción de conquistar bienestar, fortuna y confort. Esto es llegar primero para apoderarse del botín y no de una justa y equitativa distribución de derechos de acuerdo con el trabajo y el rendimiento de los hombres que laboran y producen. No puede haber igualdad entre el rico y el pobre aunque la ley y la constitución lo proclamen. El poderoso político y económico impone influencias o compra voluntades. El pobre y humilde resulta el pecador y el delincuente.
Está claro que el juez aplica la misma ley a ambos, al poderoso y al indefenso, pero con diferente rasero: al primero lo trata con guantes de seda y lo absuelve, al segundo lo condena de todas maneras, aunque el poderoso fuese el pecador, y el humilde el inocente. A esto llaman las sociedades decrépitas “igualdad ante la ley” La libertad se halla dentro de esa trilogía, lema a la Declaración de los Derechos Humanos, arrancada desde la Revolución Francesa y recogida en todas las constituciones del mundo: “Libertad, igualdad y fraternidad”, palabras que devienen vacuas sin los cambios radicales indispensables de carácter político-social, apenas mencionados en los programas de los partidos políticos.
Si la igualdad no existe en ningún nivel ni siquiera ante la ley, tampoco hay fraternidad ante el contraste entre tanta riqueza mal adquirida que ofende y la inmensa miseria de seres sin educación, sin salud, sin alimentación y sin padrinos. A este respecto bien vale la pena evocar las frases del personaje de Víctor Hugo en su célebre obra “Los Miserables”:
¡Qué hermosos relojes, qué hermosas alfombras, qué lujosas libreas. Todo esto debe resultar muy inoportuno, ¡Oh, no quisiera tener todas estas cosas superfluas que me gritarán sin cesar al oído: Hay personas que tienen hambre, hay personas que tienen frío, hay pobres, hay pobres!
Algunas instituciones sociales se dedican a repartir alimentos, ropa usada y chucherías en determinadas festividades, generalmente en Navidad, la que, en vez de llamarse la Fiesta de la Fraternidad debiera denominarse la festividad de la hipocresía. En ella los poderosos descargan los trastos que no les sirven o algunos excedentes de sus amasadas economías a manera de algún cargo de conciencia si la tuvieren. Estos repartos exhibicionistas, lejos de beneficiar a los pobres, los humillan y los denigra al ser públicos, ante la prensa y la televisión, utilizadas para la publicidad y no les resuelve sus dramas. La gente necesita trabajo, salarios seguros y dignos, ocupación plena, educación, salud, seguridad social, única manera de acortar las distancias entre ricos y pobres.










