Por definición, política es la ciencia del Estado. Se deriva de polis, voz griega cuya acepción es ciudad o pueblo, y supone interés por todos los asuntos de la población, de la colectividad, del medio donde vivimos: gobierno, educación, deporte, alimentación, salud, seguridad, y todas las manifestaciones de la vida humana dentro de una nación organizada. Por lo tanto, todos somos políticos. Además, “el hombre es un animal político” cono definiera Aristóteles, y a los que pregonan no ser políticos habría que preguntarle en qué se quedan entonces.
Concepto diferente es no hallarse afiliados a partidos políticos, en cuyo caso la definición sería no ser político-partidario. Políticos somos todos, el cura y el policía, el regidor y el alcalde, el ministro y el legislador, el dirigente deportivo y el director de un colegio, el vecino y el padre de familia, el sereno, el agricultor, el industrial, el trabajador obrero, también el banquero y el empresario que hacen política financiera. Todos hacen política: económica, deportiva, partidaria, educativa, edil, religiosa, alimenticia, industrial, etc. Claro que hay diferencia entre ser militante de algún partido político o ejercer alguna función pública y ser simplemente un ciudadano, es decir político puro.
De ahí qué resulta cómico escuchar a quienes realizando una verdadera función política como ministros, alcaldes, parlamentarios declaran con supina ignorancia y con todo desparpajo no ser políticos sino “independientes” y que sólo están empeñados en “hacer obras y no en hacer política”, toda una barbaridad. La política –entendida en su más alto significado- pertenece a los seres humanos civilizados, sólo los felinos, caninos y ofidios no son políticos, aunque dentro de las contiendas político-partidarias no son extraños algunos actos similares a los de esos hermosos habitantes de la jungla que hacen uso de las mañas, la trampa, la emboscada y la traición para atrapar a su presa y conseguir sus objetivos.
La política no es eso, es conducta, sabiduría, docencia y decencia, y pertenece a escalas superiores. Desgraciadamente, tan noble magisterio ha sido desprestigiado por quienes frente a la función pública hacen mal uso de ella en beneficio personal y se valen de las instituciones donde militan para el logro de objetivos egoístas. Por eso la política militante y partidaria, como función pública, es decir la política institucionalizada requiere ser dignificada para que nadie se avergüence de ser político, como suele ocurrirles a todos aquellos que siéndolo, tratan de negarlo sin darse cuenta que caen en el más tremendo disparate y por el solo hecho de ignorar la acepción del vocablo y de la esencia de la política están descalificados para hablar de ella y mucho más para aspirar a funciones políticas. Y como lo sentenciara José Ingenieros, en su célebre obra “El Hombre mediocre”, “....son los que la convierten en profesión y que merced a ello, el gobierno de una nación va a manos de gentualla que abocada al presupuesto, abájense los adarves y álzanse los muladares, el lauredal se agosta y los cardizales se multiplican. Los palaciegos se frotan con los malandrines. Progresan funámbulos y volantineros. Nadie piensa donde todos lucran; nadie sueña donde todos tragan. Lo que antes era signo de infamia o cobardía, tórnase título de astucia...
No es negativa la política, son los políticos improvisados, guiados por malas intenciones y espíritus subalternos los que la han desprestigiado y degradado, de la misma manera que la medicina siente el peso de la irresponsabilidad de algunos galenos ineptos e irresponsables, comerciantes de la salud, pero no por eso hay que descalificar a la ciencia de Esculapio, salvadora de la humanidad.









