Idealismo, mitos y fantasías en la Historia del Perú

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Prominentes investigadores de la historia peruana en sus diferentes etapas, ponen de manifiesto las abiertas y profundas contradicciones existentes en el análisis de la vida de los peruanos de todos los tiempos. Hay apologistas y detractores de la sociedad inca, también los mediadores que reflexionan de manera ecléctica, pero dejando serias dudas respecto de la realidad histórica de los antepasados peruanos, perdida en la noche de los tiempos y apenas recompuesta, a veces arbitrariamente, por cronistas que  retroceden a épocas antiguas anteriores a la llamada etapa preinca.

Es una lástima que debido a la ausencia de escritura, a diferencia de otras culturas americanas, sólo hayan primado teorías, deducciones, hipótesis y comentarios, todos ellos contradictorios. Ni siquiera hay consenso en cuanto al número real de incas: Garcilaso y otros, afirman que fueron doce o catorce y hasta más de noventa o cien. Porras sostiene que la historia oficial y dirigida que encarnaba las ideas morales y políticas de la casta dirigente, bajo un concepto  «moralizador» excluía del recuento histórico a los malos gobernantes y a los que vulneraban las leyes y el honor. Se lamenta  al señalar que la historia incaica no ofrezca sino las biografías de doce o catorce incas “impecables”, en una lamentable falta de uniformidad sobre el número, el que en otros casos, como el cronista, clérigo jesuita, Fernando Montesinos, sostiene que los incas fueron más de noventa. Raúl Porras Barrenechea, «Mito Tradición e Historia del Perú», Imprenta Santa María, Ed. 1951, pag. 28 y 29.

 Es motivo para reflexionar la realidad que habrían encontrado los conquistadores españoles al tropezar con una sociedad sobre  la que, en la historia escrita mucho después, se afirmaba haberse tratado del  poderoso e invencible imperio de los incas, en tanto determinadas evidencias acusan que se habría tratado, sólo de las huestes de lo que habría sido una  cultura muy antigua y milenaria, pero ya diezmada por los efectos de la coca, el alcohol y prácticas primitivas que las destruyeron progresivamente, generaciones derivadas de relaciones incestuosas, con serias rivalidades internas, divisiones entre familias o ayllus, con las consiguientes atrocidades y luchas sanguinarias que las debilitaron ¿Acaso se trataba de una población desnutrida, integrada de seres engañosamente alimentados por una droga de efectos contrarios que se encargaba de eliminarles el apetito y les servía de dopaje proporcionándoles fuerzas artificialmente, para  soportar el esclavizante trabajo de campo al servicio de jerarcas en las penosas  y escarpadas alturas de los Andes?

El Estado Inca se hallaba además, profundamente dividido por las ambiciones de conquistas y rivalidades entre ellos mismos. Dice la historiadora María Rostworowski que este Estado sucumbió ante un grupo de forasteros extranjeros arribados a sus costas, debido a la debilidad de su propia formación y por los mismos motivos que intervinieron en el origen de su expansión. Que  el espectacular derrumbe del Estado inca se produjo por una serie de motivos que se pueden dividir en causas visibles y causas invisibles. Que los fundamentos visibles fueron la guerra fratricida que dividió el poder y el mando, añadido a ellos la superioridad tecnológica europea. María Rostworowski, “Historia del Tahuantinsuyo”, 2da ed. Pag. 310 y 312.

¿Cuál es la verdad? ¿fueron tan sólo doce o catorce incas, o muchos más de noventa como sostiene el clérigo historiador Montesinos o ciento cuarenta?  No existen testimonios valederos acerca de que sólo se trataría de de tan reducido número de doce o catorce los que gobernaron en el periodo de más de mil años, lo que es menos real desde el punto de vista de la lógica aritmética. Lo más probable es que se desconoce los nombres de decenas de ellos totalmente perdidos como se hallan y refundidas las informaciones al no existir escritura, hecho que ha motivado la tendencia de echar mano a la ficción con lo que se ha tratado de reemplazar a la realidad.

Sin embargo, pese a estas ausencias y limitaciones informativas, se ha escrito mucho sobre las bondades del viejo imperio. De él se nos dice que fue una sociedad socialmente justa, organizada, laboriosa, disciplinada, pacífica, democrática y poseedora de tantas otras virtudes hasta sacrosantas, tal como lo refieren Pedro Cieza de León y Juan Betanzos, Luis E. Valcárcel, Gustavo Pons Muzzo. Pero tales afirmaciones aparecen contradichas por cronistas como Pedro Sarmiento de Gamboa, Fernando Montesinos, Fray Martín de Murúa, Anello Oliva, Diego Ortega y Morejón y Fray Cristóbal de Castro, entre otros.

No es un secreto la  fratricida división  originada en la ambición de poder y de avasallamiento sobre otras culturas como las de los Chancas, Chinchas, Mochicas, Chachapoyas y otros ni sus prácticas incestuosas, poligámicas y contra natura y hasta zoofílicas, graficadas en los huacos, esculturas y otras muestras de artesanía exhibidos en museos antropológicos. Sobre tan delicado asunto, el enciclopedista de los Cronistas del  Perú Antiguo, Francisco Carrillo, destaca  lo sostenido por el cronista Fray Martín de Murúa, en su obra, «Historia General del Perú, Origen y Descendencia de los Incas»  y dice que eran dados al vicio y deshonestidad de la carne y que la llegada de los españoles al Perú había significado el fin del señorío de Lucifer y el principio del tiempo venturoso y los siglos dichosos». En un estilo agradable, Carrillo se limita al análisis sereno de la posición de Fray Martín de Murúa confrontándola con la de Guamán Poma de Ayala, gran defensor de su raza y por cierto contrario a la del mercedario Murúa de quien tiene, personalmente una pésima opinión.  Francisco Carrillo, autor de «Cronistas del Perú Antiguo» Enciclopedia de la Literatura Peruana», página 154.

Carrillo destaca uno de los párrafos escritos por Pedro Sarmiento de Gamboa de quien refiere que en la dedicatoria de su Historia Índica, dirigida al Rey Felipe VII escribe que el virrey Francisco de Toledo le había mandado que tomase a cargo hacer la «historia de los doce ingas»: «Y el resultado fue la certificación de la más  inhumana tiranía de estos ingas y de los curacas particulares, los cuales no son ni nunca fueron señores naturales, sino puestos por Topa Inga Yupanqui, el mayor y más atroz y dañoso tirano de todos». Luego, Richard Pietschmann, el gran descubridor de los originales del libro de Sarmiento de Gamboa, se preocupó en explicar que según este historiador, ningún indio tenía derecho a la sucesión del trono Inca.  Que algunos cronistas anónimos han criticado las versiones de Murúa e igualmente las de Fray Bartolomé de las Casas, quien justificaba que los conquistadores mataban a los indios porque los veían que idolatraban y adoraban a las piedras, sacrificaban a los hombres y comían carne humana, pensando en que matando a sus enemigos servían de ese modo a Dios. Francisco Carrillo, «Cronistas del Perú Antiguo» Enciclopedia de la Literatura Peruana, Ob. cit. pag. 15 y 16.

Carrillo también se detiene ante las afirmaciones del cronista Alberto Flores Galindo, para quien según su opinión acerca de «Los Comentarios Reales» es que se trata de un libro polémico destinado a enfrentar a los cronistas toledanos y que efectivamente les refuta y corrige apoyado en su vida, su cultura, su humanismo, su conocimiento del quechua y su comprensión del mundo indio y  sostiene que Garcilaso construye así un mundo quechua idealizado y poetizado, un universo construido con lo que queda de las tradiciones incaicas.

Para rendir culto a las huacas  consideradas ídolos, según Polo de Ondegardo, los incas sacrificaban cada mes, en sus festividades, niños de diez años para abajo, incluyendo a las reses, a excepción de las hembras, porque esperaban la reproducción, y teniendo por mal agüero ciertas creencias, mataban a ciertos perros negros llamados apurucos y los echaban en un llano, y con ciertas ceremonias hacían comer aquella carne a cierto género de gente. Y que según  el cronista Anello Oliva, los incas tenían por norma sacrificar carneros, patos y niños inocentes aunque tenían algún conocimiento del Dios verdadero.  Francisco Carrillo, Ob. cit. pag. 101 y 169.    

De ahí que, mientras según algunos cronistas como Garcilaso, el incario era una sociedad con todas las virtudes que ellos le adjudican, habría que responder algunos interrogantes acerca de lo sucedido en las generaciones posteriores, hasta nuestros días, y a la vez, preguntar por qué entonces, tan fácilmente han sido abandonados aquellos valores y ejemplos de virtuosidad, de trabajo, de honradez, de solidaridad, de patriotismo, de humanismo, etc. En los libros de historia para los escolares se resalta el lema vigente en el viejo imperio de los incas: ama súa, ama llulla, ama quella: no robar, no mentir, no ser ocioso ¿Cómo y por qué y en qué momento se originó el lema? Ningún lema nace de la nada sino como consecuencia de algo. Precisamente, las divisas y apotegmas, sanciones y penas son el producto de realidades palpables y emanan de la necesidad imperiosa de establecer disciplina y combatir irregularidades. Acaso el lema de ama súa o no seas ladrón se haya originado porque ya existía el hurto o se trataba, simplemente, de un penoso presagio de lo que iba a ocurrir algunos siglos después.

 Surgen dos hipótesis alternativas: o se habría soslayado la verdadera realidad de la teocrática y autocrática sociedad incaria, un  imperio de más de diez millones de habitantes cuyo celebrado poderío fue derrumbado como un castillo de naipes ante la presencia de unos cuantos conquistadores montados a caballo,  o lo que encontraron los españoles ya no fueron sino las huestes de lo que algunos miles de años atrás fue un imperio  cuya población se hallaba ya debilitada y diezmada por la coca, el alcohol, la desnutrición, entre otras prácticas de esa comunidad andina y no imperio, a la que se refiere Huamán Poma de Ayala.

Al respecto, son interesantes las apreciaciones de Alfredo Barnechea, cuando sostiene que «el incanato ha sido materia de una fantasiosa idolatría» y que el imperio de los incas fue una sociedad bastante primitiva, que ingresaba en el periodo del bronce, no conocía el arado ni la columna ni tuvo escritura, y lo que conocemos está teñido por la nostalgia y la propaganda». Su obra «La República Embrujada», pag. 149.

Que el imperio incaico era despótico, lo reafirma la historiadora Rostworowski y sostiene que  en la historiografía andina era un hecho frecuente  silenciar los acontecimientos y alterar los eventos, y acusa a Garcilaso que se vio impulsado a trastocar los sucesos debido a la acumulación de rencores y odios, aumentados por la quema de la momia de Túpac Yupanqui y por el ensañamiento de los generales de Atahualpa en Huáscar y sus deudos, que lo afectaron profundamente.   Luego afirma que  debido al hábito de adulterar los eventos se hace imposible relatar una historia inca verídica, coherente y segura, que  no existiendo documentación pero sí relatos deformados, la historia inca podría ser relatada de tres o cuatro maneras diferentes. María Rostworowski, “Historia del Tahuantisuyo”, 2da ed. Pag. 65-66.

No cabe la menor duda de que se han elaborado demasiados mitos en torno de la comunidad andina de los incas. La leyenda sobre los hermanos Ayar, la fundación de la ciudad del Cusco y el inicio del llamado imperio, después de haber visto hundida la varita tirada por Manco Cápac cerca del cerro Huanacauri, entre otras cosas, ha sido analizada por autores y críticos desde Sarmiento de Gamboa  pasando por Matienzos y otros. Al respecto  María Rostworowski  se pregunta ¿Sería este mito la versión oficial sobre  los Hijos del Sol? Es posible –continúa diciendo- que el arreglo de la leyenda narrada por  el inca escritor sea obra del propio Garcilaso, como una manera de presentar el mito a lectores europeos. Es por eso que conviene buscar  otras versiones, más andinas, del relato fundacional..Ob. Cit. pag. 38.

 Se trataba de una sociedad autocrática, dominante e inhumana propia del más tremendo primitivismo, caracterizada por ancestrales costumbres  subalternas. La práctica de la convivencia marital y la procreación entre miembros descendientes de las mismas familias, debe de haber desembocado en una probable deformación genética, trasmitida a lo largo de los siglos. Sarmiento de Gamboa, en su portentosa  obra, resalta que la proclividad de la comunidad Inca, a las relaciones incestuosas, estaba concebida bajo el concepto no sólo de mantener el linaje sino de responder a otras creencias primitivas, religiosas y de idolatría. En tal sentido, la tendencia natural para ellos consistía en el obligado amancebamiento de doncellas, generalmente hermanas y primas hermanas, en las que procreaban a sus hijos sin control y por decenas, tal como lo sostenía Pachacútec, padre de ciento cincuenta hijos procreados, la mayoría en sus hermanas, institución a la que llamaba el hatun ayllo o inca panaca que significaba, gran linaje.

A propósito de la institucionalización de las prácticas incestuosas obligatorias entre los habitantes del viejo imperio, se pretende explicar, a manera de justificación, que esas mismas o similares costumbres existían entre los  milenarios griegos, romanos o egipcios y se remiten a la rica y abundante mitología griega y romana, pero no reparan en que se trata de mitología y no de verdades. No fueron personas reales  Pandora, la Eva griega, Vulcano, Juno ni Júpiter ni Apolo ni Zeus ni Isis ni Osiris ni Atenea ni Minerva ni  las nereidas ni Adonis ni Atlas ni ninguno de los numerosos personajes mitológicos,  de leyenda que adornan la historia antigua y sirven para interpretar la historia real y entenderla en todo cuanto ésta no alcance a trasmitir. 

Porras, al referirse a los Incas y, especialmente a los Comentarios Reales, sostiene:

«Los relatos de Garcilaso sobre la vida de los Incas no parecen de la época bárbara sino de las vidas legendarias y monásticas de santos».

Traduce así, su concepción respecto de la radical deformación acerca del imperio incaico, al que algunos cronistas como Garcilaso lo calificaron de pacífico y socialmente ejemplar. Porras, aceptando tal análisis añade:

 «Riva Agüero, en su versión final se apoyaba en otras fuentes para descubrir un imperio incaico semejante al de Sarmiento de Gamboa, en el que trascurren con  vigor dramático, tiranías sangrientas, sublevaciones, matanzas, usurpaciones y, al final, intrigas de serrallo, corrupción y decadencia cortesanas». Ob. cit. pag. 91.

 Desmentía así las versiones apologistas sobre el imperio, de algunos cronistas, especialmente Garcilaso, quien lo ha idealizado en extremo y de la misma manera no pocos han escrito historias valiéndose del relato de terceros y no de testimonios personales y directos como los recogidos en las entrañas mismas de las culturas Preinca e Inca, por Sarmiento de Gamboa, a quien la historiadora, Rosa Arciniega lo llama «el auténtico Ulises del Continente». Precisamente, ese explorador y estudioso empedernido formula revelaciones realmente impresionantes:

«Cómo los incas se movieron a tiranizar las tierras de las Behetrías» «Sabido cómo en las antiguas edades toda esta tierra era behetría, es necesario decir como los ingas empezaron su tiranía. Aunque todos vivían en simple libertad, sin reconocer señor, siempre había entrellos algunos valientes, que aspirando a mayoridad, hacían violencias en sus patrias y otros extranjeros por subjetallos y traellos a su obediencia y ponellos debajo de su mando, para servirse dellos y hacellos tributarios. Y así salían bandas de unas regiones e iban a otras a hacer guerrerías y robos y muertes y usurpar las tierras de otros». Sarmiento de Gamboa, “Historia de los Incas” pag. 48, 1ª ed. enero 1942, revisada por el Dr. Angel Rosenblat, del Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires y reproducida de la ed. preliminar: 1906, por Richard Pietschmann, basado en el manuscrito de Sarmiento, perdido durante más de tres siglos y descubierto en 1893 por Wilhelm Meyer en la Biblioteca Universitaria de Gotinga.

¿Por qué  las manifestaciones de  violencia extrema, de venganza privada y de desprecio por la vida humana hasta nuestros días? No pueden pasar depercibidas, por ejemplo, atrocidades como las  de Cayaltí- Lambayeque, donde por la posesión de unas tierras, decenas de campesinos se mataron no hace mucho a machetazos; o los asesinatos de Ayacucho originados en las propias comunidades, a manera de venganza o los crímenes de los Barrios Altos y La Cantuta, en Lima o las tragedias diarias protagonizadas por personas de diversos estratos sociales en el centro, sur y norte de la región andina y en los conglomerados humanos periféricos de la ciudad capital peruana. Estos hechos en pleno siglo XXI, en nada se diferencian de las atrocidades y crueldades de la época de los incas. ¿Por qué  los incestos y otras degeneraciones,  actos crueles perpetrados, en nuestros días, en el ámbito de cuarteles, comunidades,  barrios marginales, haciendas, vecindarios, callejones, chacras, etc? Sostiene Sarmiento  que la característica de los pobladores del Incario era la crueldad y que Mama Guaco, era la más feroz y cruel de los ocho hermanos Ayar.

Alterando un tanto, el orden dinástico de la vida y gobierno del incario, resulta oportuno recapitular los trágicos desenlaces del último de los incas, Huáscar, asesinado por orden de su hermano Atahualpa., heredero de las atrocidades de sus antecesores. Por haber nacido en el pueblo de Huascarquihuar o Guascarquíguar, Tito Cusi Hualpa Indi Illapa, llamado Huáscar o Guáscar. Fue a comienzos del siglo XVI, después de la muerte de Huayna Cápac, en 1524, en que se desató la más terrible atrocidad, protagonizada por Atagualpa o Atahualpa, hijo bastardo de Huayna Cápac y su prima de linaje Tocto Coca.  Enterado Atahualpa, a su llegada a Huamachuco, de que un viejo oráculo le había vaticinado que  tendría un fin trágico por ser tan cruel, tirano y derramador de tanta sangre humana, entró en  incontenible indignación, acrecentada al enterarse de que desde la muerte de su padre Huayna Cápac, Huáscar era el preferido y había ya sido proclamado como su posible sucesor o el inca número doce y en consecuencia,  se hizo acreedor al odio  irreparable de su hermano  Atahualpa, el que presa de ira destructora recurrió a la más feroz  manera de ultimarlo.

En primer término mandó asesinar al gestor y propagador de los merecimientos sucesorios de Huáscar. Una alabarda de oro, le sirvió como arma mortal para arrancarle la cabeza de un tajo al viejo oráculo vaticinador del fin que le esperaba. El cuerpo inerte del anciano oráculo fue instantáneamente quemado y lanzado por los aires, hechos que ocasionaron la algarabía de los seguidores de Atahualpa,  y grupos encabezados por Chalco Chima, organizaron fiestas y el retorno hacia el Cusco. Sus secuaces  empeñados en capturar a Huáscar que se hallaba escondido, primero dieron feroz muerte a sus hermanos y luego arremetieron contra sus posibles seguidores a los que asesinaron de la manera más cruel, utilizando gigantescas piedras con las que aplastaron sus cuerpos ya sin vida. Relata Sarmiento que Araua Ocllo, madre de Huáscar dirigiéndose a su hijo preso y atado le dijo en voz alta:

«Malaventurado de ti, tus crueldades y maldades te han traído a este estado ¿Y no te decía que no fueses tan cruel y que no matases ni deshonrases a los mensajeros de tu hermano Atahualpa? Y que dichas estas palabras  arremetió contra su hijo Huáscar propinándole una puñada en el rostro. Sarmiento de Gamboa. Ob. cit. pag. 162-163. Ed. EMECE, Editores S.A. Buenos Aires.

En la época del séptimo inca, Tito Cusi Gualpa -a quien llamaron vulgarmente, Yahuar Huaca o Yaguar Guaca, o “llora sangre” -sobre el que se ha tejido una fantasía- siguiendo la tradición, se determinó matar a Pahuac Gualca Maita, para que le sucediese  Marcayuto. Asesinado su hermano, el sucesor fue Viracocha. Túpac Yupanqui, el más feroz y tirano de todos los incas, a su muerte en 1258 dejó sólo dos hijos legítimos y 90 denominados bastardos, 50 varones y 30 mujeres, habidos, igualmente en sus hermanas.

La leyenda  nada edificante elaborada en torno de este inca y que sólo altera la mente de los niños estudiantes, consiste en sostener, como hasta hoy, que era muy valiente y que por esa razón le brotaba sangre de los ojos, razón por la que a Tito Cusi Hualpa -que es su verdadero nombre- lo llamaban Yahuar Huaca cuyo significado es «llora sangre», pero ningún historiador nacional tuvo la honradez profesional de informar que determinadas enfermedades venéreas hacían estragos en la comunidad incaria. Es verdad, Yahuar Huaca se lavaba los ojos en la laguna de Urpi Cancha, en Piqui Llacta-Cusco,  eliminando la sangre que le brotaba como consecuencia del mal del que adolecía. A nadie  se le podría ocurrir que haya en el mundo, algún ser humano al que, sin ninguna razón patológica le manara sangre de cualquier órgano del cuerpo. Científicamente es imposible y una barbaridad creer que por ser valiente alguien puede llorar  y  producir lágrimas de sangre.

De cruel y atroz fue también, calificado Manco Cápac, padre y tío del segundo inca, Sinchi Roca, a quien engendró en su hermana, con la que se casó «para conservar su linaje», según la tradición incaria. El ayuntamiento entre hermanos ha sido una constante, por  creer que entre parientes se conservaba la casta sin reparar en el deterioro de los genes. Tiranizó a las comunidades mediante atrocidades: Alcabizas, Sahuaseras, Calunchima, Copalimayta y otras, todas integrantes del valle del Cusco, sobre las que Sinchi Roca mantuvo la más feroz opresión, hasta el día de su muerte, en el año 675, después de gobernar durante diecinueve años.

Y Pachacútec, noveno de la dinastía comenzó su imperio matando ferozmente a su hermano Inga Urcón, mediante una pedrada en la garganta lanzada por su hermano Inca Roca. Murió en 1191, dejando 150 hijos, de los que, sólo cuatro eran de su matrimonio con Mama Anarguarqui; los restantes, eran bastardos,  procreados en sus hermanas tomadas por mancebas, invocando que ellas no podían tener mejor marido que su hermano. Dice el historiador que Pachacútec, si alguna vez tenía a alguna viuda por mujer y ésta, una hija que le agradase, la tomaba también por concubina o manceba. Probablemente uno de los más feroces de la dinastía fue Pachacútec, empedernido conquistador, acostumbrado a someter a las comunidades vencidas, mediante mitimaes que se trasladaban de área en área, realizando rapiñas, atracos, muertes y toda clase de crueldades e inculcaba en sus hijos esa conducta. Antes de morir nombró como su heredero a Topa Inga Yupanqui o Túpac Inca Yupanqui, cruel en la guerra, considerado el mayor tirano de todos los incas. Falleció en el año 1258 dejando noventa y dos hijos, sólo dos llamados legítimos, los demás bastardos.

El dominador de los Chachapoyas fue el undécimo inca, Guayna o Huayna Cápac, soportó innumerables desastres y mortandades por parte de los Chiriguanas, hombres primitivos, desnudos y que se alimentaban de carne humana,  procedentes de las altas montañas de la Sierra que trataban de hacerle guerra al Pirú. Al ingresar a la tierra de los Charcas, la carnicería que ocasionaron, dicen que fue impresionante.  Este inca ambicioso conquistador llegó hasta Quito, donde murió. Heredó no sólo las crueldades de su padre sino la tendencia a las relaciones incestuosas, tendencia institucionalizada en el incario. Casado primero con Cusi Rímay Coya, tuvo muchas hijas pero ningún varón, y por este motivo tomó por mujer a su propia hermana Rauba Ocllo, de la que nació el aguerrido, sanguinario y atroz Huáscar, cuyo final -ya lo sabemos- horrorosamente trágico fue el epílogo de sus irreconciliables rivalidades con su hermano Atahualpa que lo asesinó de la manera más pérfida y feroz.

 

Porras contra Garcilaso

Los sensacionales  relatos del gran historiador, convalidados por analistas imparciales contradicen a la versión de “Los Comentarios Reales”. Porras Barrenechea, en su magistral conferencia de 17 de mayo de 1951 en el Salón de Actos de la Facultad  de Letras  de la Universidad  Mayor de San Marcos, con ocasión del IV centenario de su fundación, dice que la sustentación de Sarmiento de Gamboa “se contrapone a la de Garcilaso, creador de un imperio utópico e idílico”, y  que “durante el siglo XIX se tachó la versión de Garcilaso de utópica y novelesca” y que algunos de los cronistas le habían tildado de desmemoriado y olvidado del quechua, por dejar el sabor de una fantasía, diferente a la manera de ser de las poblaciones incarias, de las behetrías del Cusco, desde donde habría que tomar el origen de la tiranía de los incas, basada en la crueldad y lo sanguinario de sus actos”... «la tradición arquelógica  desde el siglo XVI y el propio testimonio etnográfico actual, revelan que el indio peruano, tanto de la costa como de la sierra y, particularmente, el súbdito de los Incas, tuvo como característica esencial un tradicional instinto, un sentimiento  de adhesión a las formas adquiridas, un horror a la mutación, un afán de perpetuación del pasado que se manifiesta en todos sus actos y costumbres, y que encarna en instituciones y prácticas de carácter recordatorio....»  y que algunos cronistas le habían tildado de desmemoriado y olvidado del quechua». Porras. Mito, Tradición e Historia del Perú. pag. 19, 49 y 53.

El cronista Pedro Cieza de León, confiere especial preocupación a la conducta cruel y sanguinaria de la sociedad inca. Y aunque trata de exaltar cierto papel civilizador de los incas afirma que fueron crueles con sus adversarios y también con los suyos, a quienes castigaban sin templanza y con ferocidad cuando realizaban actos contrarios a la voluntad de los jerarcas. Los escarmientos con los vencidos eran implacables. Y en cuanto a la celebración de sacrificios humanos, no sólo había obligados suicidios y entierros colectivos  de mujeres y niños rindiendo honores en las exequias de los Incas y de otros privilegiados y selectos señores, sino que, llegaban a sacrificar vidas de varones, mujeres y niños bajo el pretexto de aplacar a sus dioses. Menciona lugares concretos: Vilcas, Coropuna, isla de la Plata, cerro Huanacaure y otros, que sirvieron de escenarios en diversas oportunidades para la inmolación de víctimas humanas ofrecidas a sus dioses. Y es que la conducta sanguinaria fue la que marcó el rumbo de aquella etapa de hace alrededor de 1,000 años.  Los historiadores peruanos no han respondido casi nada al respecto, han soslayado mucho de lo que algunos observadores extranjeros han puesto de manifiesto en testimonios que, en no pocas ocasiones hasta fueron vetados por determinadas tiranías.

 

Era milenaria incaica y Sarmiento de Gamboa

En la computación sumaria de Sarmiento, figura que la envejecida y terrible tiranía de los incas se inició por los años 565, durante el imperio de Justino II y el Sumopontificado de Juan III, y terminó en 1533. Esta verdad contradice a la falseada historia peruana que señala el siglo XII como punto de partida del incario, el que según otros  habría tenido una edad de sólo 300 años. Además, no es indispensable el análisis de algunos cronistas para concluir de manera lógica y con un mínimo de sentido común que el tiempo de 300 años resultaría demasiado corto como para haberse construido todo cuanto ha quedado en la ciclópea edificación antepasada.

Subsisten profundas discrepancias en torno de los orígenes, costumbres, culturas y conductas de la cultura peruana antigua.  Del mismo modo hay divergencias entre los cronistas sobre las formas de vida, conductas, vida sexual, prácticas incestuosas y promiscuas de los  antepasados. Igualmente hay abismales diferencias en cuanto a la edad y vigencia de los Incas. Así, Guaman Poma dominador del quechua, aymara y otros dialectos -según lo destaca el investigador Francisco Carrillo- señala que se trataba de un Mundo Andino Eterno, existente mucho antes, miles de años, antes del Imperio Incaico, pues, todo lo posterior no corresponde sino a etapas preinca, inca y conquista. Guamán Poma de Ayala «Cronistas del Perú Antiguo», Enciclopedia Histórica de la Literatura Peruana»,pag. 20, 4º tomo, ed. Horizonte 1989.

Esta tesis, no desmentida, coincide con la de Pedro Sarmiento de Gamboa, quien refiriéndose, tan sólo a la etapa desde Manco Cápac hasta Atahualpa, habla de una duración de cerca de mil años, con lo que, de haber sido tan sólo doce, algunos incas tendrían registrados hasta cien años de gobierno cada uno, lo que resulta imposible, mucho más todavía si se tiene en consideración que ningún sucesor nace después que muere el anterior y la diferencia de edades entre uno y otro es mínima. Y si bien no queda del todo desbaratada la tan repetida historia de 300 años, a partir del siglo XII, hay una preocupante reflexión respecto de la posibilidad de que en lapso tan corto, haya podido ser posible el desarrollo de una cultura como la existente en la que son evidentes los pétreos  monumentos, reductos y fortines que simbolizan a un imperio, indudablemente milenario y no de ayer.

 

¿Historia o mitología incaica?

Mientras la historia es el relato de hechos verídicos,  acaecidos en el tiempo, en cambio, la mitología  es el conjunto de mitos o leyendas de una cultura o de un pueblo,  relato maravilloso y ficticio  fuera del tiempo histórico de  cosas no realizadas, útiles para interpretar el origen del mundo y los grandes acontecimientos de la humanidad.

Apasiona aquello del “mundo andino eterno”, llamado por Huamán Poma de Ayala, cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos. No se trata del mito de la “varita mágica”  “hundida” cerca del cerro Huanacaure para fundar el Cusco en el reciente siglo XII. Lamentablemente es lo único que existe y no hay nada real, por cuanto ese mundo andino careció de escritura, lo que no ha permitido conocer la realidad de  aquella  comunidad primitiva, ágrafa, analfabeta,  bárbara y que no conoció la rueda. A los cronistas no les quedó otra alternativa que deducir, acopiar cuentos y fantasías hasta crear sus propias versiones ficticias. La ilustre historiadora María Rostworowski se refiere con ironía al mito, según el cual Manco Cápac y Mama Ocllo salieron  del lago Titicaca como pareja divina para  fundar el Cusco ahí donde se hundiera la varita mágica y dice que este mito relatado por Garcilaso es de su propia autoría y es posible que haya sido un arreglo suyo como una manera  de presentar la leyenda a los lectores europeos. Coincide  así con  Porras, quien  calificaba a Garcilaso como “el creador de un imperio manso e idílico, auténtica rapsodia de los tiempos heroicos”.

Garcilaso, según sus críticos, fue un idealista y fantasioso, inventor de un imperio que él imaginó, mezcló la historia con mito,  realidad con fantasía. No se trata de  negar el pasado sino de situar el problema en su estricta medida, aunque será casi imposible llegar a conclusiones acerca de una cultura que careció de escritura. En consecuencia, el mundo andino, no fue una civilización porque no  se sustenta en la historia. Según Hegel, en su “Interpretación de la Historia”, la historia  se divide en inmediata y reflexiva. La inmediata, la que el historiador revela los hechos que ha presenciado, y la reflexiva la que el historiador refiere  hechos debido a la investigación y el análisis, y que el motor parecía ser un sentimiento de libertad congénito en el hombre,  cosa  inexistente en la era inca  o pre inca.

Para Spengler, de acuerdo con la historia las culturas están clasificadas en Egipcia, Babilónica, China, Antigua, Árabe, Occidental y Mexicana. Ni Hegel ni Froebenius ni Spranger ni Toynbee  consideran al mundo andino dentro de la clasificación histórica, por carecer de  escritura. Porras, en su obra “Mito, Tradición e Historia del Perú” sostiene que los pueblos que  carecieron de historia y que poseyeron únicamente leyendas o cantares populares, fueron pueblos de conciencia turbia y deben quedar excluidos de la historia universal y que el pasado preinscripcional o preliterario es vaguedad y leyenda, imposible de verificar por la posteridad. Que los incas  carecieron de civilización y de espíritu nacional, cuyas huellas son insuficientes para atestiguar su pasado.

Es un mito que el Cusco haya sido fundada, a raíz de la varita de Manco Cápac y Mama Ocllo en el siglo XII y es imposible  que apenas 300 años hayan transcurrido antes de la llegada de los españoles. Además, de haberse tratado de un gran ejército y una población fuerte de diez millones, resulta increible que un puñado de aventureros y unos cuantos caballos hayan sido suficientes para hacer sucumbir al “imperio” en menos de lo que cantaba un gallo. Si  las huestes, de lo que miles de años antes pudo haber sido un imperio no ofrecieron la menor resistencia, fue sin duda porque ya estuvieron debilitados por las guerras fratricidas -como lo sostiene Rostworowski- por los efectos de la coca y el alcohol y diezmada por enfermedades venéreas y la desnutrición.

Es verdad que no sólo hay mitos en el Perú sino en todo el mundo y los mejores ejemplos son principalmente, las ricas mitologías Griega y Romana, pero ellas son simplemente mitologías, independientes de la historia. Sus autores no tergiversan el sentido de  la mitología, utilizada como instrumento de interpretación de las viejas civilizaciones, carentes de información histórica suficiente. Aparte de los textos de mitología se hallan los tratados de la historia de Grecia, Roma, Egipto y  de otras culturas. No se mezclan ni se fusionan como si todo fuese real. El mito es mito, y la historia es realidad. En el Perú falta separar a la mitología de la historia.

La mayoría de las historias sobre el Tahuantinsuyo y otras culturas peruanas, deberían llamarse con propiedad,  “Mitología de los Incas” o del Tahuantinsuyo”, salvo las historias como las de Pedro Sarmiento de Gamboa, de María Rostworowski, Porras, etc y los cronistas Estete, Betanzos, Cieza de León, entre otros. Sarmiento de Gamboa, en su Historia Índica informa que en sus investigaciones ha certificado la más inhumana tiranía de los incas y de los curacas particulares, los cuales nunca fueron señores naturales, sino puestos por Topa Inca Yupanqui, el mayor y más atroz y dañoso tirano de todos. Francisco Carrillo consigna una crónica del Anónimo de Yucay, aunque dice que según otras versiones se trataba de un anónimo escrito en 1571 sobre el dominio de los Incas y que los reinos del Perú no estaban con el rey ni con señores particulares sino  como algo sin dueño, y arremete contra  Bartolomé de las Casas, a quien llama apasionado y engañado respecto de los indios idólatras y adoradores de piedras, sacrificadores de hombres, sus enemigos, de cuya carne se alimentaban, pensando que así servían a su dios.

Además, ninguna civilización puede ser  interrumpida, al contrario absorbe a sus visitantes, y en todo caso se fusiona y se acrecienta. Es inaceptable que el origen del Perú resida en el mito de los hermanos Ayar y en el hundimiento de una varita en un lago. También es inadmisible que sólo hayan transcurrido 300 años para ver organizado un imperio que requiere de milenios. De haber existido una población más o menos desperdigada en el siglo XII, es evidente que era teocrática, caníbal, zoofílica, atroz y parricida, comunidad primitiva que ha sido por ello dominada con facilidad y explotada por los conquistadores. No pudo haber sido la cultura incaica de la que se habla sino sus huestes en total decadencia o quien sabe grupos nómadas usufructuarios de una cultura fenecida. Tampoco puede ser cierto que esa comunidad ha sido exterminada, ya que de  haber sido así no existirían hasta hoy las comunidades indígenas que proliferaron y se multiplicaron en las profundidades andinas y que después de  500 años aún no se han incorporado a la civilización occidental, continúan sin hablar el idioma español, aferrados a sus ritos, leyendas y mitos, y como dijera Porras,  sin propensión al cambio y a las mutaciones.

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Comentarios (3)add comment

elizabeth coaquira quispe said:

marzo 01, 2010
Votos: +0

Jesid said:

0
...
como hace la periodificacion de la historia ponz muzzo
 
marzo 17, 2010
Votos: -1

Roberto said:

0
...
Tal como su título "Los Comentarios Reales ... son solo comentarios.
Y las crónicas de sarmiento de gamboa; crónicas de guerra del vencedor que justifica sus atrocidades cometidas, con otras supuestas atrocidades del vencido.
Personalmente yo creo en lo que veo, los restos arqueológicos son pocos; pero impresionantes que ni con la tecnología actual seríamos capaces de edificar una "clonacion" de Machu Picchu, ollantaytambo o Saqsayhuaman. Nos dejaron domesticados como herencia la papa, la quinua, el tarwi, la kiwicha etc.
Y todo eso sin la rueda, ni el arado !!!.
 
junio 18, 2010
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