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Si hay algo detestable y peligroso en las relaciones humanas, eso es el arribismo, una horrible conducta habitual y subalterna de sujetos sin escrúpulos que se valen de todos los medios hasta de los más ruines, con fines de encumbrarse, lograr posiciones, dinero, poder y privilegios. A los arribistas no les interesa nada más que el logro de sus subalternos objetivos, cualesquiera sean los actos que deban practicar, desde la adulonería humillante, pasando por la soplonería y la insidia hasta la felonía. El campo más propicio donde se cultiva el arribismo es, indudablemente, la función pública. Los arribistas carecen de bandera, no tienen parámetros ni vergüenza, y provistos de una enorme coraza protectora, como la caparazón ósea de inocentes quelonios, caminan lentamente, trazando planes y proyecciones aviesas, se agazapan y se arrastran, reptan como reptiles y se rinden postrados de hinojos ante quien les representa una posibilidad de lucro, inclusive ante sus otrora enemigos, ante quienes no trepidan en postrarse a sus pies después de haberlos condenado, si por esos azares del destino saben que le pueden extraer provecho en beneficio propio. Se aprovechan del olvido en el que caen los demás para acomodarse ante el amo de turno al que le rinden pleitesía, generalmente fingida, se ponen a sus pies y se entregan en cuerpo y alma a cambio de una pitanza o canonjía, pero llevan latente el peligro como el perro rabioso que muerde la mano del amo que les da un hueso para roer. El político de turno que le extiende la mano a cambio de su servidumbre no sabe que alimenta a potenciales futuros enemigos que, de la misma manera como se le pusieron a sus pies, lo harán próximamente a favor de su rival tan pronto como su poder declina. Duchos en la intriga y la deslealtad, cuidadosos en coleccionar secretos y privacidades de sus antiguos protectores pasarán a delatarlos ante su nuevo amo, al que, como a los anteriores, le jurarán fidelidad a tiempo de utilizar el chantaje como ladinos usufructuarios de la infidencia.
Esta peste de arribistas en la vida política no tiene cura ni hay vacunas contra ella, porque los principales gestores o vectores son los propios políticos de mal oficio, que ciegos por la popularidad y el logro del poder a cualquier precio, los amamantan sin medida y embriagados de ambiciones, después de todo beben de su propia medicina. Son aquellos a los que no les importa la calaña de seguidores o de sirvientes y que prefieren olvidar viejos agravios a condición de someter a sus pies a sus enemigos de ayer. Al fin de cuentas son tan peligrosos y nocivos los políticos ávidos de poder y de fortuna procreadores de adulones y lavacaras como sus aduladores arribistas. Ambos pertenecen a la misma fauna, se entienden muy bien y se sirven recíprocamente en tanto mantienen su breve relación de compinches. Es que para los fines subalternos de políticos criollos, sobre todo mediocres, dominados por la codicia sólo les son útiles los especialistas en la adulación. Ambos comparten similar idiosincrasia, son lobos de la misma camada, aprovechadores carroñeros de la desgracia ajena, de las heridas de los pobres a los que mantienen en la inopia porque son ellos su principal materia prima para la demagogia y su sostenimiento en el poder oscuro y calculado. Políticos de tal calaña no cuentan con la colaboración de señores sino de patanes. En el campo de los arribistas hay de todo: congresistas, ministros, militares, funcionarios en puestos claves, diplomáticos cuya misión es vivir en las doradas sedes de las embajadas acumulando riqueza a cambio de servir con sumisión hasta al adversario de ayer que luego los somete a su redil. El arribismo, sin duda, es el más vil de los oficios y de una peligrosidad incalculable; generalmente no es practicado por gente menesterosa e ignorante sino por los que teniendo la apariencia de señores y de intelectuales llevan el alma de truhanes.
LA COCA ¿HOJA SAGRADA ?
Ya sabemos que de la hoja de ese arbusto con apariencia bondadosa se extrae el clorhidrato de cocaína, droga destructora de la humanidad, creadora de adictos que se auto liquidan por sus letales consecuencias e incrementa un perverso mercado, apetecido por los traficantes sin alma, ansiosos de rápido enriquecimiento, porque, además, son los mercados de consumo los que la estimulan.
Entonces ¿Por qué es sagrada? Posiblemente porque fue convertida en un mito en la comunidad andina, a la que se refiere Guamán Poma de Ayala y no pocos cronistas, no es creíble que sea por haber consagrado, desde épocas remotas, la explotación practicada por despiadados patrones terratenientes se sirvieron de la coca para someter a los pobladores andinos a recargadas e inhumanas tareas de esclavitud en las escarpadas cordilleras, de enormes alturas sin oxígeno, donde sólo el cóndor pasa, de inclemente clima, sin horario, sin salario y sin alimento después de doparlos mediante el chacchado –o masticación- de abundantes hojas de coca a fin de que trabajaran sin sentir cansancio ni tener hambre. Los eternos explotadores y posteriormente los traficantes le inventaron inexistentes bondades proteínicas y alimenticias a un vegetal que no produce sino un alcaloide intoxicante.
Desde la antigüedad preinca, los campesinos andinos se han acostumbrado a masticarla, antes, durante y después de sus interminables faenas campesinas con el fin de soportar –dopados- el agotamiento físico originado por sus largos y extenuantes recorridos, pastando ovejas, sembrando granos o recogiendo ichu para techar sus chozas. El “chaccheo” o “chacchado” es practicado por los pobres labriegos, campesinos andinos explotados a los que se les acostumbró a practicarlo inculcándoles falsas bondades alimenticias con todos los efectos perniciosos derivados de la desnutrición que los conduce al enanismo, a la vejez prematura y a la muerte.
No pocos cronistas -entre ellos Pedro Sarmiento de Gamboa- sostienen que fue la coca la encargada de embrutecer a los integrantes de las huestes incaicas, fácilmente dominados en el siglo XIX por unas cuantas decenas de españoles conquistadores. Los explotadores de todas las épocas incluían una porción de coca para los indios como parte de su exiguo salario y se aseguraban así de tenerlos en el esforzado trabajo desde la alborada hasta el anochecer sin sentir ni fatiga ni hambre, como si fuesen bestias de carga.
Se trata de mitos, como lo sostiene Raúl Porras Barrenechea, en su libro “Mito, Tradición e Historia del Perú”, pag. 24-25, cuando se refiere a las leyendas primitivas y describe entre esos mitos a uno de ellos: “la mujer que baja del cielo y se cobija en el árbol de la coca, trae también un mensaje consolador, pues desde entonces las hojas del árbol dañino mitigan el hambre y hacen olvidar las penas”
Modernas pruebas y análisis científicos no encontraron mayores propiedades nutricionales importantes en la hoja de coca. Además del clorhidrato de cocaína no ofrece sustitutos alimenticios, proteínicos y vitamínicos requeridos por el ser humano. Es más rica en elementos narcotizantes. Es cierto que una hojita en infusión no es nociva, a manera de suero, como pueden ser las hojas de naranja, hierba luisa, orégano, hierba buena y otras, pero sin calidades nutritivas importantes. Y aún, en dosis mínimas a diferencia de las otras hojas aromáticas conocidas, la hoja de coca es prohibida para los deportistas, los que estarán perdidos si la beben y luego sometidos al control antidopaje porque, de hecho los análisis darán resultados positivos de su acción negativa, razón fundamental de su descalificación inmediata. Si la desnutrición es la causa del enanismo, de la predisposición a las enfermedades y a la tuberculosis, esa es el quid del asunto para que los campesinos y los moradores de las zonas rurales andinas consumidores de coca sean los más propensos a otras patologías. Por ello resulta poco menos que criminal la apología a esa aparentemente inofensiva hojita verde, objeto de demagogia de políticos de mal oficio que a tiempo de combatir la droga se asocian a los que trafican con ella.
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