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EL MESIÁNICO, CORRUPTO Y ENTREGUISTA GOBIERNO DE LEGUÍA PDF Imprimir E-mail

Los tiranos se caracterizan por su arrogancia, por la adopción de títulos pintorescos, su narcisismo y prepotencia. Uno de ellos fue Augusto B. Leguía. Tiranizó al Perú de 1908 hasta 1912, y luego de 1919 a 1930, en total 15 años. Sin duda el campeón del endiosamiento a su persona, proclive a la adulación y el servilismo, a la acumulación de  obsecuentes  servidores de librea y a la obsesión  por maltratar a sus siervos.

Vengativo contra los que no se sometían a sus caprichos, cierta vez arrestó y desterró al poeta colombiano Porfirio Barba Jacob por haberse éste negado a redactar la biografía del tirano como si se tratase del libertador Bolívar. Barba Jacob le había respondido que Bolívar era otra cosa. Como respuesta el tirano lo desterró. Dominado por su megalomanía se hizo bautizar por sus áulicos con pintorescos títulos como: “Leguía el grande”, “Salvador de la Patria”, “El nuevo Mesías”,  “Hijo de la Democracia”, “Prócer de la República”, “Maestro de la Juventud”, “Sembrador de energías”,  “Reconstructor de la Nacionalidad”, “Guía de espíritus mozos”, “Obrero del pensamiento y de la acción”, “Lincoln del Perú”, “Gigante del Pacífico” etc.. Sufría de un delirio de grandeza digno del psicoanálisis.

Exhibía, sin empacho, una conducta de sumisión extranjerizante. Por decreto Supremo de 4  julio de 1920 sometió al Perú al paternalismo de los Estados Unidos declarando a dicho día, Fiesta Nacional en honor a la Independencia de ese país. Convencidos de su enfermiza vanidad, los embajadores norteamericanos  llegaron a proponerle candidato al Premio Nóbel de la Paz, llegando a decir de él que poseía el valor de César Vallejo, el poderío de Napoleón,  la dimensión de Lincoln y la diplomacia de Richelieu.

Y en su afán de perennizarse en el poder, trató de congraciarse con la fe católica de los peruanos y de la Iglesia  al decretar, por sí y ante sí, la entronización del Sagrado Corazón de Jesús al Estado, en 1924, hecho que conmocionó a la sociedad y generó el pronunciamiento de la Federación de Estudiantes de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos teniendo de líder al estudiante Víctor Raúl Haya de la Torre para rechazar la maniobra de Leguía, quien enfurecido terminó deportándolo.

Este personaje fue, también, el que firmó el tratado Salomón Lozano, en 1922,  baldón por el que entregó a Colombia la provincia de Leticia por imposición del Departamento de Estado de U.S.A., como compensación por la pérdida de Panamá que  sufrió, a favor de ese imperio. Consumado mutilador territorial es el que más tratados de entregas ha firmado. En junio de 1929 suscribió el tratado Rada-Figueroa, confirmando la entrega a Chile de la provincia de Arica de  64,000 Km2. Pero, ya antes, en 1909,  suscribió el tratado Velarde-Río Branco, cediendo a Brasil 269,000 km2. Y en septiembre de ese mismo año, mediante el baldón del tratado Polo-Bustamante,  benefició a Bolivia con 97,000 km2. No sólo ha sido el tirano de más larga presencia, durante 15 años, sino el de la mayor corrupción y de postración a cambio de recibir títulos y alimentar su narcisismo y delirio de grandeza. Firmó la entrega del petróleo en 1922, mediante el laudo con el que la Standard Oil Company se convirtió en dueña  de ese hidrocarburo, al adjudicarle a favor de su subsidiaria, la Internacional Petroleum Company, toda el área de la Brea y Pariñas, con los consiguientes beneficios aprobados por un Congreso obsecuente, mediante la ley 4498, según la cual se le congeló toda obligación tributaria y la IPC quedó libre de pagar impuestos durante 20 años, además de haberle liberada del pago de todo canon.

La corrupción  desatada fue de las más escandalosas. En el manejo de los empréstitos públicos propició la percepción de suculentas comisiones a favor de sus amigos y familiares. Y en la ejecución de obras públicas tenía preferente injerencia su primo Germán Leguía y Martínez conocido como “el Tigre” “tigre de uñas largas” y la activa participación de los hijos  Augusto, José y Juan Leguía Swayne. Y aunque se  ha discutido acerca de si Leguía fue corrupto o no,  lo real es que él y sus tres hijos fueron condenados  el 7 de enero de 1931 a prisión que debieron cumplir en el Panóptico, y al pago de una elevada reparación civil por el delito de enriquecimiento ilícito en el aprovechamiento de contratos y concesiones firmados por el Estado.

La lista de acusaciones es extensa referida a empréstitos nacionales, licencias para el juego de envite,  el comercio del opio, otorgamiento de privilegios y facilitación a  los monopolios en la explotación del petróleo a favor de la Estandard Oil Company, la construcción de carreteras y ferrocarriles sin licitación, la compra de las haciendas  Sasape y La Molina y otros. Diversas testimonios probatorios acreditaron la existencia de  cheques  girados por terceras personas por diversas cantidades  a cargo del Banco del Perú y Londres, el 15 de mayo de 1930, para ser  depositados en la cuenta particular de Leguía, tal como lo refiere Jorge Basadre en la “Historia de la República” 62 edición, tomo II, páginas 3991-392..

En el proceso en referencia, quedó probado como Leguía  recibía préstamos de instituciones de crédito sin avales así como a favores que concedía a sus amigos, a hacendados en falencia y les favorecía con descuentos de pagarés suscritos por él. Uno de los importantes testimonios que sirvieron de base para la sentencia contra Leguía  fue el documento publicado el 7 de enero de 1931 y firmado por los contadores Daniel A. Carlín y Luis D. Mederos; la existencia de letras  entregadas por Leguía al Banco Italiano entre los años 1923 y 1924 por un importe de 82,019 libras esterlinas derivado de un supuesto negocio realizado en Inglaterra. El tema da para más y aunque sus amigos han tratado de demostrar lo contrario, lo cierto es que la tiranía de Leguía  de quince años fue arbitraria, corrupta y entreguista.

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