Carisma es tan sólo un vocablo, casi sin ninguna o poca significación profunda. En la segunda, consignada en el Diccionario de la Lengua Española, significa “don que tienen algunas personas de atraer o seducir, por su presencia o su palabra”. Es una especie de magnetismo humano, debido a una serie de recursos, generalmente ajenos al talento, a la capacidad y a las virtudes. Resulta así que al que de alguna manera se hace atractivo, se le califica de persona carismática, aunque carezca de valores. Es muy repetida y tomada en cuenta, muy ligeramente, sobre todo en la política criolla y en ella es común el uso de argucias, de simbologías, de juegos artificiales, de maquillajes, de gestos, de ademanes estudiados, de sonrisas forzadas y practicadas, de poses y actitudes llenas de hipocresía, vacías de espontaneidad y sinceridad pero preñadas de artificialismo y de mañas y de tantos otros recursos ajenos a la verdad y al intelecto. Claro está que a veces se dan ambas cosas.
No poca gente cree que el carisma es una virtud o una cualidad enaltecedora, sin darse cuenta de que, a menudo los llamados carismáticos se sirven de esa ventaja para extraer y conquistar beneficios en provecho propio y satisfacer sus subalternos propósitos, mediante la irresponsable alteración de los valores a los que suplantan con artificios practicados con habilidad y premeditación.
Además del porte estudiado y el buen vestir, la presentación histriónica aprendida y ensayada, la persona carismática, cuando trata de extraer provecho, echa mano a poses y gestos aprendidos. Hábil en la facundia, verboso y locuaz, experto manejador de la fraseología y los sofismas, aparece como un personaje extraordinario y superior, sin serlo realmente. A la impresión causada por su presencia de lechuguino, suele acompañar una convincente faramalla y garrulería que lo convierten en dueño y dominador del escenario donde actúa y, consiguientemente, en campeón de la trapisonda. Son de aquellos encantadores de serpientes, vendedores de sebos de culebra, hábiles chamanes salvadores del cuerpo y del espíritu, que adormecen a sus interlocutores y terminan por convencerlos.
Erróneamente se cree que el carisma, así en términos generales, es un mérito sobresaliente y suficiente de quienes buscan conquistar la confianza y el favor popular. El carisma es un conjunto de factores, desde luego también, las virtudes, pero igualmente lo tienen los que sorprenden, engañan, embaucan y estafan, para cuyo efecto necesitan irradiar simpatía, y les es indispensable, a ciertos personajes, que actúan con el propósito de embaucar a sus víctimas. En otras palabras, el carisma por sí solo no es una virtud. Probablemente sea una ventaja, siempre que vaya acompañado de una serie de cualidades, de buena fe, de capacidad, de excelente conducta y de probidad comprobadas.
Si no fuese posible eliminar del diccionario a dicha palabreja, por lo menos sería muy útil informarse del verdadero significado de “carisma” y del riesgo que supone la expresión o cualidad, así a secas, si no va acompañado de un contingente de valores y de condiciones superiores indispensables. Pues, carisma lo tienen los clowns, los artistas, los contadores de chistes, los bufones, los que saben distraer al público con sus ocurrencias y aparentes ingenuidades, lo tienen los deportistas y las mujeres hermosas, aunque sean vacíos, privados de talento, de conocimientos, de educación y de buenos sentimientos. Es peligroso e injusto convertir en una especie de dogma, la tendencia de descalificar a personalidades que siendo poseedores de virtudes se les resta opción por “carecer de carisma”.










