Aquel simpático animalito doméstico perteneciente a la familia de los felinos, utilizado como noble mascota, además de tener características singulares de engreimiento, es también muy pulcro, aunque en su afán de mostrar un comportamiento higiénico, cada vez que experimenta exigencias fisiológicas, su estilo consiste en esconder sus excrecencias que las suele cubrir con tierra. Trasladada esta práctica a la conducta de ciertos políticos proclives a la corrupción y la impunidad, se dice que practican la “política del gato” porque mediante una serie de métodos y subterfugios, utilización de intermediarios, cómplices y testaferros buscan esconder el producto de sus sucias operaciones a fin de aparentar limpieza en sus actos y erigirse como adalides de la virtud. Y lo hacen con todo desparpajo e insolencia, a tiempo de proclamar virtudes, denostar contra los corruptos, crear cortinas de humo o psicosociales a fin de distraer a la sufrida opinión pública. Saben encubrir sus actos delictivos, porque eso es lo que aprendieron de primera intención, aun cuando les es completamente difícil y casi imposible esconder del todo sus ilícitas andanzas, por más que traten de hacerlo y valerse de los más refinados métodos.
Dicen que hay tres cosas que el hombre no puede ocultar: la riqueza, la pobreza y la tos. El que sufre de acceso bronquial tose en su casa, en la calle, en el teatro, en el aula de clases y donde sea. Igualmente, tampoco pueden pasar desapercibidos ni el que goza de riquezas ni el pobre, aunque se esfuercen por disfrazar sus riquezas o sus miserias. O sea que no funciona, por mucho tiempo, la vieja práctica de la política del gato, el de encubrir y ocultar la suciedad de la mala conducta y de la proclividad hacia el acaparamiento de riquezas mal habidas. El ladrón no roba para enterrar definitivamente su botín, porque su objetivo es disfrutarlo y vivir una vida holgada y hasta de dispendio. El funcionario, político o autoridad que se enriquecen por más que, temporalmente, traten de disimular su sucia conquista, más temprano que tarde tienen que revelar sus irregulares andanzas. El hombre pobre jamás podrá disfrazar u ocultar su pobreza, por más que lave sus harapos y se acicale tratando inútilmente de demostrar lo indemostrable. El rico tampoco, pues por propia naturaleza es exhibicionista y, además, consciente o inconscientemente no podrá ocultar sus signos exteriores de riqueza y su bonanza, aunque se disfrace o esconda su botín o ensaye explicaciones generalmente no pedidas o recurra a coartadas que terminan por delatarlo.










