|
Más que los discursos floridos, más que la invocación a las leyes que no se cumplen, más que las amenazas de muerte y las matonerías, lo único que impone respeto es el modelo de vida digna, la circunspección y el buen ejemplo de gobierno. La descomposición comienza por la cabeza, el cuerpo no hace sino continuar con la infección. Un padre dipsómano, irresponsable y delincuente no puede lograr hijos modelos y angelicales, sino, simplemente, seres descarriados y resentidos sociales.
La mayor fuerza del gobierno de un país reside en su estructura moral, su honradez y estilo de vida, sus usos y costumbres, su lenguaje, su circunspección y excelente comportamiento. Los desarreglos en la población, el desacato a la autoridad y la delincuencia pública son el reflejo de la conducta de quienes ostentan la alta dignidad de ser personeros de la Nación. No pueden ser obedecidos ni capaces de exigir excelente conducta los gobernantes que no se hacen respetar, objetivo sólo posible si se exige obediencia con el buen ejemplo. La liviandad, la prepotencia, la soberbia, el desdén, la falta de respeto a los ciudadanos, la mala conducta, la mentira permanente, la proclividad al enriquecimiento propio y de los amigos de los que se rodean, son factores decadentes que, inevitablemente desencadenan el caos, la anarquía, esto es, el desmadre y, consecuentemente el desgobierno. Este tipo de gobernantes o de autoridades están perdidos y carecen de total posibilidad de conducir a una nación con decencia porque sus gobernados, como los hijos de padres descarriados, no serán capaces de formar ciudadanos cabales. Filho de pece pecinho es, reza un dicho portugués; hijo de pez pecesillo es.
No pueden cosechar sino desobediencia, indisciplina y delincuencia los gobernantes que se valen del Presupuesto Fiscal y de los mecanismos del Estado en provecho propio y de sus compinches y adláteres. Los diablos predicadores de virtudes, los que simulan ser seguidores de la fe cristiana y se persignan como lo hacen los delincuentes antes de asaltar un establecimiento, sólo consiguen desalentar y desmoralizar a la juventud que se rebela en actitud de revancha. El poder no radica en la prepotencia gubernamental ni política ni económica ni en la fuerza bruta mediante el uso de las armas con el fin de apaciguar a una población resentida y enardecida sino, fundamental y decisivamente, en la bondad, en la humildad, en el ejemplar comportamiento.
Un buen gobernante debe ser ante todo un buen educador y conductor, un cumplidor del magisterio de la verdad, de la enseñanza, de la ética, del cumplimiento de sus promesas, un personaje que enseñe a respetar la palabra empeñada y que su palabra sea escritura pública. Carecen de autoridad moral para exigir respeto a la ley quienes son los primeros en incumplirla, desacatarla y burlarse de ella. Tampoco están en capacidad de exigir comportamientos de honradez en la población si casi todos los días las páginas de los órganos de expresión están llenas de denuncias por tráfico de influencias, latrocinios, peculados, cuyos protagonistas son, precisamente, los que recibieron el voto ciudadano y prometieron transformar a la sociedad y darles a los ciudadanos una mejor calidad de vida. Más grave aún y de inconmensurables consecuencias si las decenas de denuncias públicas sólo quedan en el escándalo y terminan archivadas ante la sorna de los que se esconden en la impunidad institucionalizada.
 |