Por: Héctor Vargas Haya
No hace mucho que se puso de moda el término ambiguo de “centro”, utilizado por quienes temen adoptar una definición política y económica entre lo que se denomina izquierda y derecha, extremos equivalentes, respectivamente, a las ubicaciones de los jacobinos y geroldinos durante la Revolución Francesa. Con tales voces se determina actualmente la posición de los que optan por una de las dos tendencias, antagónicas. Los de la izquierda recusan a la economía absoluta del mercado, al capitalismo privado exclusivista, liberal y consumista. Los de la derecha, aquellos que niegan, en todas sus formas, la intervención estatal en la economía, sólo admiten al capital privado y al mercado de consumo, de manera absoluta, pretendiendo ser los amos y señores de las finanzas, a excepción del único caso en el que aceptan la intervención del Estado cuando empresarios y banqueros recurren a él para reflotar desesperadamente sus negocios en falencia.
Nadie, por supuesto se ha definido, únicamente como militante del centro, porque se trata de un espacio vacío que no significa nada. Por lo menos, hasta el momento no se sabe de qué se trata, porque ser de centro sería, una especie de híbrido, algo así como un hermafrodita, un indefinido de imposible subsistencia en materia de política económica. Por esta razón, los capitalistas movidos por la codicia de amasar fortuna a cualquier precio, dentro de una sociedad de mercado, y en su afán de estar bien con Dios y con el diablo, han adoptado el calificativo de centro-derecha. Algunos, los más osados se hacen llamar de centro izquierda, pero ambos revelan así su temor a autodefinirse con sinceridad y sin hipocresías.
La verdad es que esa fabricada posición de “centro” no existe sino como un vocablo, y ha sido acentuada a raíz de la teoría de la globalización que, en otros términos no es otra cosa que el acercamiento de los hemisferios, territorios o mercados o como quiera llamárselos, debido a la tecnología de las comunicaciones. O dicho de otra manera, tal globalización no es otra cosa que la acepción con la que determinan los interesados a la expansión empresarial por todo el mundo, sobrepasando los límites de las naciones. Bajo ese criterio, igualmente se podría trasladar el término al terreno de la globalización de la pobreza, del la miseria, de la explotación y del hambre.
En términos más explícitos no hay otra cosa que un mapa de ricos y de pobres; de explotadores y explotados; de débiles y poderosos. Se dirá que entre tales extremos se ubica la llamada “clase media”, término capitalista, en el que sus supuestos integrantes luchan impelidos por el mercantilismo, aferrándose al sistema a fin de escapar del extremo propiciado, precisamente, por el gran capitalismo, que agrupa a los menos adaptados e indefensos, calificados candidatos al darwinismo social, es decir condenados a desaparecer, derrotados por la miseria de la que no hay que hablar porque supone la materia prima para sus intereses y forja de riqueza acumulada en pocas manos, porque no puede haber riqueza para todos. He ahí la gran cuestión.
En conclusión, centro derecha o centro izquierda son inexistentes, y el asunto entonces reside en acatar la lección hamletiana ser o no ser y no caer en la conducta de la mediocridad, por la que, a no pocos les da lo mismo ser o no ser como sentenciara Ortega y Gasset.









