Por: Héctor Vargas Haya
Es que China cuenta con mas de mil doscientos millones de habitantes y se halla mucho más lejos de nosotros, en el Asia, al otro lado del globo terrestre, y en cambio, Cuba con tan sólo once millones frente a la costa de Miami, dentro de nuestro continente. A China se le permite ser miembro del Consejo de Seguridad de la ONU y disfruta de todas las ventajas de los países de economía liberal. Ni el imperio de MAO ni Corea del Norte ni Vietnam sufren de bloqueos ni de embargos de carácter económico, lo cual trasluce una discriminación inaceptable, propia de una política “democrática” unilateral cifrada en la ley del más fuerte.
Claro está que, once millones de habitantes no constituyen un mercado apetecido como mil doscientos millones de chinos, además de que Cuba se halla tan sólo a ochenta millas de La Florida, un verdadero dolor de cabeza para los Estados Unidos y, quizás hasta un riesgo porque temen de que se convierta en una especie de paradigma, una suerte de modelo económico-social para la extensa Latinoamérica, sometida a las más tremendas diferencias en materia social y económica y en la que, a la mayoría de las naciones latinoamericanas se las llama democráticas, cuando no son más que una suerte de capitanías del imperio que les dicta normas sobre cómo deben conducirse.
No hay explicación convincente de por qué los emisarios de USA, sus secretarios de Estado, sus generales, sus legisladores y sus gobernantes se abrazan y confraternizan con los líderes chinos, cuyas consignas totalitarias maoístas son mucho más draconianas que las más connotadas oligarquías tiránicas, y no lo hacen de la misma manera con los pequeños pueblos que, acertados o no, equivocados o no -de acuerdo con el criterio y sentir de los demás- se han trazado un derrotero y abrazan un camino diferente al que determinadas sociedades ajenas les pretende imponer, no siempre por la vía de la persuasión y el buen ejemplo sino por el imperio de la fuerza, de la intransigencia, de la violencia social, económica y militar.
Ciertas sociedades que pretenden erigirse en rectoras del bien y de los métodos inductivos que creen poseer, a la hora de intervenir en los asuntos soberanos de otros pueblos se valen, precisamente, de los métodos que repudian. A tiempo de denostar de los sistemas políticos y sociales ajenos, a los que califican de contrarios a los fundamentos democráticos, casualmente, utilizan los mismos y más refinados métodos y mucho más violentos con los que pretenden hacer pedagogía. Qué curiosa manera de ejercitar el magisterio de la didáctica echando mano al fratricida método del bloqueo económico, de causar penurias, hambre y muerte en pueblos que no se someten a la sumisión. Está probado hasta la saciedad que la violencia sólo engendra violencia y no convence a nadie. La famosa “Santa Inquisición” creada en el siglo XXII en el Concilio de Verona se equivocó durante siglos sin poder lograr resultados a favor del enrolamiento de seres humanos que se resistían a ser católicos. Contradictoriamente a los principios de humanidad y de caridad, ese Tribunal Eclesiástico estableció sistemas crueles de torturas contra los llamados “herejes”. Felizmente sus gestores se convencieron de que esos métodos anticristianos no eran los más recomendables aun cuando todavía mantienen la amenaza del “Infierno”.








