|
El Perú ha sido escenario de múltiples dramas, unas veces causados por la violencia terrorista, otras por catástrofes naturales o por desastres bélicos. En todos los casos las víctimas son siempre los más pobres, los sin padrino, los que carecen de amparo y cuyo futuro les es incierto y nebuloso. En otros términos, son todos aquellos que sólo esperan incrementar su desventura. Y es que la tragedia siempre está reservada para ellos. Los sismos y aludes azotan a los llamados pueblos jóvenes, a los dueños de precarias viviendas situadas en cualquier lugar inseguro; los incendios también y, siempre contra los pobres cuyas frágiles moradas son presas fáciles de la combustión. Son los miserables que no conocen de seguros, porque éstos están reservados para los más pudientes que incluso negocian con las pólizas como instrumentos de enriquecimiento en las suculentas componendas delictivas. Los soldados que mueren o terminan mutilados en los campos de batalla no son, precisamente, los descendientes de las familias pudientes o con alcurnia, no son los “blanquitos” o los con dinero, porque el patriotismo sólo está reservado para los infelices, los olvidados, los analfabetos y los parias, únicos obligados a empuñar el fusil para defender a los que se esconden tras los títulos, las coronas y los millones, porque para éstos, la Patria es exclusividad de los poderosos.
En Lima y especialmente en las zonas exclusivas no se aspira aires de auténtico patriotismo. La solidaridad funciona sólo cuando, por esos azares del destino algún drama toca las puertas de las altas clases sociales. Baste recordar los inesperados actos vandálicos que azotaron a la zona residencial de Tarata- Miraflores, hace unos lustros, etapa crucial en la que recién sus moradores sintieron las angustias que le son cotidianas al resto de la población desguarnecida y abandonada del resto del territorio. En tanto la violencia no los visitó, les importó un rábano la tragedia permanente de decenas de miles de muertos de Ayacucho, Huancavelica, Uchuraca y otras zonas olvidadas. Aquellas tragedias, apenas eran motivo de noticias periodísticas o flashes en la televisión, hasta que las bombas homicidas los visitó. Entonces, recién comenzaron a entender la gravedad del asunto, pero no para solidarizarse con las víctimas de los trágicos sucesos que cotidianamente acontecen en el resto del territorio sino para buscar abogados y acudir, de manera egoísta, en pos de indemnizaciones ante el Estado, en provecho propio, y recurrir ante los personeros gubernamentales que siempre estuvieron prestos a solidarizarse con la eventualidad de sus problemas, pero no con los de los demás.
¿Cuál es el inventario de todo esto? y ¿a qué se deben estas disquisiciones? Es que, a su turno, los damnificados de dicho barrio miraflorino no tuvieron que esperar décadas para ser atendidos con celeridad y esmero. Fueron oportunamente auxiliados, ayudados e indemnizados hasta devolverles tranquilidad y sus bienes perdidos. Lo cual está bien que así haya sido. Igualmente, la indemnización no se hizo esperar a favor del poder económico hasta de una estación televisora a la que se le extendió un jugoso cheque por algunos millones de dólares del Erario. Y es que, para estos casos no hacen falta pólizas porque el mejor seguro es el Presupuesto Fiscal, en cuyo ámbito se halla presente la gran solidaridad oficial para los que más tienen, para los allegados al poder político y económico. Para los demás, los discursos y las promesas incumplidas y el olvido.
Lo que sí, en cambio inquieta, pero que casi a nadie le interesa es que aquellos (no decenas) sino miles o decenas de miles de pobres y miserables que sufrieron y sufren peores desastres no tengan la misma suerte. No la tienen los que mueren en los ataques de la violencia homicida cotidiana, no la tienen los policías que sucumben defendiendo los patrimonios de los ricos, tampoco lo tienen los soldados mutilados, ciegos, mancos y sus deudos que quedaron en la orfandad, por ejemplo, después de la tragedia del Cenepa, en la que insensibles militares, generales delincuentes que portando las insignias de la Patria aprovecharon la ocasión para robarles las partidas destinadas al armamento, las municiones las botas antiminas, los alimentos y las medicinas. Para todos ellos sólo algunas condecoraciones, marchas de Bandera, toques de queda, entrega de los uniformes a sus familiares para que lloren la ausencia de sus seres queridos, condolencias, buenos deseos, y bien gracias. Y ¿a eso se llama democracia?
 |